martes, 30 de abril de 2013

Crowdfunding para la guerra

Últimamente se habla mucho del crowdfunding o micromecenazgo, un buen modo de obtener fondos para financiar grandes proyectos en tiempos de crisis. Pero si les parece que se trata de una iniciativa de lo más novedoso y sólo posible en tiempos de internet, están profundamente equivocados.

Una de las formas más insólitas de micromecenazgo nació en 1813, cuando con su manía de invadir territorios ajenos las tropas de Napoleón consiguieron darle sin querer un espaldarazo tremendo al incipiente nacionalismo alemán. Aquellos también eran tiempos de crisis. Y el gran proyecto que había que financiar era ni más ni menos que la misma guerra. 

La idea fue de la princesa Mariana de Prusia, que invitó a las mujeres patriotas de su país a intercambiar oro por hierro a fin de financiar la contienda. Kilos de alhajas, entre ellas miles de anillos de boda, llenaron así las arcas prusianas contra el invasor. Y al igual que sucede en el micromecenazgo, a los donantes se les entregaba una “recompensa”, un anillito de hierro como éste:
Gold gab ich für Eisen: Di oro por hierro
El objetivo de la recompensa era doble. Por un lado, la moral exigía que los casados siguieran llevando una prueba visible de que lo estaban. Por otro, el anillo de hierro era una estupenda medida de control social. Quien siguiera llevando oro en los dedos demostraba tácitamente estar de parte del ocupante, algo que a nadie le convenía en tiempos de exaltación patriótica. Incluso quienes estuvieran secretamente de parte de los franceses, que después de todo llevaban los logros de la Revolución Francesa inscritos en su programa de ocupación, procuraron hacerse cuanto antes con el anillito de hierro.

La idea era tan buena que se repitió un siglo después, durante la Primera Guerra Mundial, aunque con algunas interesantes variaciones. En lugar del anillo de hierro, los patrióticos ciudadanos obtuvieron como recompensa un objeto algo más agresivo, acorde al signo militarista de los tiempos: un clavo. Lo del clavo permitía recompensar las donaciones en función de su cuantía, como en el micromecenazgo. Había sencillos clavos de zapatero, otros pintados de colores y otros más grandes recubiertos de bronce.

¿Qué hacer con todos esos clavos? 

Había que clavárselos uno por uno al mariscal Paul von Hindenburg

En efigie, naturalmente.

En el Königplatz de Berlín, justo delante del Reichstag y de la emblemática y mal llamada Columna de la Paz (Friedenssäule), se instaló en septiembre de 1915 un descomunal Hindenburg de madera de doce metros de altura y 26 toneladas de peso. La estatua fue rodeada de un andamio que permitía a la población acercarse lo suficiente para clavarle públicamente un clavo en algún lugar de su anatomía. (La actriz Camilla Horn, entonces una niña, recuerda con delectación que su padre logró meterle uno en el trasero).

Así, poco a poco, el colosal Hindenburg fue cubriéndose con el abrigo de hierro más caro del mundo.
A los niños nos parecía estupendo –recuerda el periodista Arthur Wolter--. Las escuelas enviaron a clases enteras y cada niño llevaba una monedita para comprar un clavo y clavárselo a Hindenburg. ¡Nuestros propios clavos! Fue un momento muy especial para todos. Volvimos al emplazamiento de la estatua al caer la tarde y la contemplamos embelesados, mostrándoles a los transeúntes el lugar exacto de nuestro clavo. El viejo Hindenburg nos salvaría del enemigo, pensábamos. 
El andamio que rodeaba la estatua llevaba un cartel con esta leyenda:
El Hindenburg de hierro de Berlín. Clavamientos todos los días. También con mal tiempo. Si el tiempo es bueno, se acompañará con orquesta militar. 
La recaudación se incrementaba con la venta de postales como éstas (hoy lo llamaríamos merchandising):


El Hindenburg de hierro fue un micromecenazgo muy exitoso: logró recaudar 1,150.000 marcos. Sin embargo, esa fortuna no pudo emplearse para machacar en las trincheras al sempiterno enemigo francés, ya que la asociación que promovió la acción entró en quiebra y el dinero recaudado se perdió para siempre. Quién sabe si eso determinó el curso de la guerra…

No he conseguido encontrar más fotografías del Hindenburg de hierro de Berlín, el más famoso de todos, pero sí de otras iniciativas similares que se fueron replicando por toda Alemania, como este Enrique el León que fue apostado con el mismo fin en la ciudad de Brunswick (1915):


Cuenten que para cubrir un metro cuadrado de héroe hacían falta entre 30.000 y 40.000 clavos:


Y como no podía ser de otro modo, también el nazismo recuperó a su manera aquella vieja idea. Sólo que para entonces los metales como el hierro, imprescindibles para las fábricas de armamento, se habían vuelto casi tan valiosos como el oro, así que se aceptaban donaciones metálicas de prácticamente cualquier cosa. En 1940 una Asociación de Remeros Deportivos no vaciló en sacrificar sus apreciados trofeos metálicos sobre el altar nazi: 


Ni siquiera las tumbas quedaron libres de esta nueva versión tan poco glamurosa del "Oro por hierro".  Incluso los herrajes decorativos del cementerio judío de Berlín acabarían convertidos en proyectiles.

lunes, 1 de abril de 2013

De cuando los alemanes se partían la cara


En 1878 el escritor norteamericano Mark Twain viajó por Alemania y visitó la ciudad universitaria de Heidelberg. Le sorprendió ver a tanta gente con cicatrices. "Les atraviesan la cara en zigzag, en agresivos tajos enrojecidos, son permanentes e imborrables. Algunas de estas cicatrices tienen un aspecto muy extraño y terrible".


El origen de este misterioso fenómeno reside en las fraternidades estudiantiles alemanas y su extraño concepto de duelo. En su origen, un duelo servía para redimir controladamente una disputa o un agravio al honor. Pero en la segunda mitad del siglo XIX los estudiantes alemanes añadieron una vuelta de tuerca al inventar la Mensur, un duelo ritualizado que practican voluntariamente dos estudiantes que no han sufrido agravio alguno.

El único objetivo de la Mensur era el de acumular cicatrices. Para ello dos estudiantes, pertenecientes a fraternidades distintas, se ponen uno frente a otro a un metro de distancia. Durante quince minutos ambos  se turnan para procurar propinarle al otro un tajo en el rostro. Está permitido parar el golpe con el mismo brazo del ataque, protegido con pesadas vendas de seda, pero no moverse de sitio ni apartar el cuerpo. El ritual puede finalizar antes de tiempo si uno de los dos queda seriamente herido, aunque para eso es preciso que los testigos sometan a votación la gravedad del corte.


A fin de proteger las partes más importantes del rostro, los duelistas llevaban el cuello vendado, gafas especiales de hierro y protectores en la nariz y a veces en las orejas.


Terminada la Mensur, un médico especializado la cosía, naturalmente sin emplear ningún tipo anestesia: eso formaba parte del ritual. A veces aplicaba hierbas en la herida para que la futura cicatriz resultara más llamativa. Mark Twain recuerda que en Heildeberg era un espectáculo habitual ver a los estudiantes paseándose orgullosamente por la calle con media cabeza vendada.


Cualquier muchacho que se apartara para evitar el golpe del florete o que se lamentara a causa del dolor  o del miedo se arriesgaba a ser expulsado de la fraternidad. Pero si superaba la prueba, disfrutaría el resto de su vida de una cicatriz –un Schmiss-- que le permitiría presumir de dos cosas: de título académico –estudiar en la universidad era un lujo para minorías-- y de coraje para resistir el dolor. Era un pasaporte para el ascenso social y las mujeres lo encontraban atractivo. Hasta el punto de que algunos hacían trampa y se practicaban la herida en casa con una navaja de afeitar, empleando trucos diversos para obtener un Schmiss que llamara suficientemente la atención, como abrirse la herida a medio cicatrizar y empaparla en vino.

El ritual de la Mensur demuestra la importancia del dolor, la violencia y el autocontrol en la sociedad guillermina. En la República de Weimar fue declarada ilegal, aunque eso no impidió que se siguiera practicando. No sorprende que en 1933, con la subida de Hitler al poder, la Mensur estudiantil  volviera a legalizarse. El filósofo Martin Heidegger, por entonces rector de la universidad de Friburgo, recibió la noticia con alegría y dedicó un breve discurso a elogiar los valores morales de este ritual. La posterior integración forzosa de las fraternidades estudiantiles en la Liga Alemana Nacionalsocialista de Estudiantes y una ley de 1938 acotaron su alcance, sometiendo cada duelo a la autorización previa de un líder estudiantil.  A pesar de ello, lucir un Schmiss en la mejilla resultaba un instrumento muy útil para hacer carrera en el cuerpo de élite de las SS. Otto Skorzeny, quien en 1943 organizó la sonada liberación de Mussolini y acabó sus días plácidamente en Mallorca protegido por Franco, lucía un Schmiss ciertamente terrorífico.


Rehabilitada a principios de los cincuenta, la Mensur es un ritual que aún se sigue practicando en diversas fraternidades universitarias alemanas, suizas y austriacas. Entretanto los Schmiss han perdido su respetabilidad social por su asociación con el nacionalismo y la extrema derecha, de modo que algunas fraternidades practican la Mensur sobre el pecho a fin de obtener cicatrices más discretas. 


A mí me parece una práctica terrible, por lo que me preocupa que mi admirado Max Weber la aprobara: Dijo que pertenecer a una fraternidad y practicar la Mensur le había ayudado a superar su timidez innata. Personalmente preferiría resolver ese problema con un psicoanalista, aunque tampoco me quedaría otro remedio: En el ritual de la Mensur sólo se aceptan hombres. 

martes, 5 de marzo de 2013

Historias bien o mal contadas


Una amiga mía está escribiendo una novela sobre una urbanita insatisfecha con su vida que viaja a la selva tropical para encontrarse a sí misma.

--¡Qué historia tan manida y convencional! –me dice alguien.

--Puede, pero ya sabes que no hay historias buenas o malas, sino bien o mal contadas. 

Digo esto para salir en defensa de mi amiga, pero no estoy nada segura de que sea así. Aunque quede mal decirlo en círculos intelectuales, una parte de mí está convencida de que hay historias mejores que otras, independientemente de cómo estén contadas, y de que una buena historia tiene valor por sí misma.
Sé que las “buenas historias” suelen ser sinónimo de literatura comercial, quizá porque se las confunde con las historias rocambolescas o repletas de ingredientes, como si fueran un guiso complicado: amores prohibidos, traiciones, muertes misteriosas, mujeres bellas y malvados de película. Y también sé que hay obras maestras a las que apenas sostiene una trama y parecen avanzar en el vacío, como El hombre sin atributos de Musil.

Es bien sabido que Gustave Flaubert torturó a sus mejores amigos durante cuatro días leyéndoles en voz alta la primera versión de una historia fantástica y exótica: Las tentaciones de San Antonio. Incapaces de despacharlo con una mentira piadosa, le dijeron la verdad: debía quemar aquel manuscrito y escribir una historia “normal”. Fue así como Flaubert hizo de un vulgar adulterio burgués su obra maestra. Sin embargo, le atraían más esas otras historias que arrancan al lector de su anodino presente para impulsarlo a mundos imaginarios. La prueba es que con los años volvería sobre sus abandonadas Tentaciones para revisar el manuscrito y reducir su extensión. Y por si con eso no fuera suficiente, le añadió todavía la retorcida novela Salambó, cuya trama transcurre durante la Primera Guerra Púnica, nada menos. 


Pero de cara a la posteridad, fue la vulgar burguesa de provincias Emma Bovary la que triunfó sobre su exótica cartaginesa. 

Aún así, insisto, hay historias sencillamente buenas. Y a menudo nos las ofrece en  bandeja la misma realidad. No hace mucho se habló en los periódicos de un avión británico de combate hallado en el desierto del Sáhara setenta años después de que lo dieran por desaparecido. 


El aire seco lo había conservado todo prácticamente intacto, menos al piloto, que en su desesperación parece que se internó en el desierto confiando en encontrar ayuda. Antes había improvisado una tienda de campaña con su paracaídas para protegerse del sol y había tratado de reparar la radio del avión confiando en poder comunicarse con la base. Todo estaba ahí, como las piezas de un rompecabezas que configura su relato: los restos del paracaídas, la radio fuera del avión, los agujeros de las balas que lo derribaron... Incluso tenemos el nombre del infortunado aviador: Dennis Copping. La literatura podría aportar todos los detalles que aún desconocemos: El pánico de Dennis al sentir el impacto de bala. Sus pensamientos mientras deambulaba sediento entre las dunas. Lo que sintieron sus camaradas cuando supieron que cayó. Las consecuencias que la desaparición tuvo para su familia. Lo que experimentó la persona que hoy, setenta años después, tuvo por primera vez ante sí el escenario de una tragedia.

No sé qué opinarán ustedes, pero a mí me parece una historia tan buena que no se me ocurre cómo alguien podría contarla mal. 

(Columna originalmente publicada en La nueva España de Oviedo, 5-III-2013)

domingo, 17 de febrero de 2013

La casa de Thomas Mann y su singular destino

Es el 10 de mayo de 1945. Hace dos días que la guerra ha terminado. Klaus Mann, el gran hijo del extraordinario Thomas Mann, está al servicio del ejército americano. Dados su conocimiento del alemán y su labor como escritor en la vida civil –y acaso también su poca idoneidad como soldado—la U.S. Army lo envía a Alemania como corresponsal del diario militar The Star and Stripes. El joven escritor entra en su ciudad natal, Munich, en un jeep militar conducido por su amigo el fotógrafo John Tweksbury. Su destino: la casa de la familia Mann en la Poschingerstrasse. 

La casa de los Mann, a la que los miembros de la familia llamaban cariñosamente “Poschi”, era toda una institución de las letras alemanas. Aparece como escenario en algunos relatos de Thomas Mann, como en el delicioso Desorden y dolor precoz. Entre sus paredes no sólo crecieron sus seis hijos, entre ellos los literatos Erika y Golo, sino que también se gestaron algunas de las obras cumbre de la literatura alemana. Fue también aquí donde Thomas Mann durmió aquella siesta de la que su mujer no se atrevió a despertarlo para no molestarlo con el anuncio de que le habían concedido el Premio Nobel. (Los descansos de Thomas Mann eran sagrados). En fin, si ha habido una vivienda en Munich que mereciera convertirse en “casa-museo”, sin duda era ésta.

(www.tmfm.de/thomasmannhaus.php)
La casa de los Mann en la Poschingerstrasse 

Pero tanto los Aliados como los nazis habían previsto un destino muy distinto para la vieja Poschi. 

¿Qué debió de sentir Klaus Mann aquel día, frente a su casa natal, doce años después de haberla abandonado camino del exilio y vistiendo el uniforme del enemigo? En su artículo para Stars and Stripes, dijo haberse sentido ante “una perversa caricatura de su propio pasado”. La fachada de la casa permanecía más o menos intacta, pero detrás de ella se veía el abismo ennegrecido de paredes y cristales rotos que habían dejado las bombas. Ésta había sido la contribución de los Aliados a su destino. 

(www.tmfm.de/thomasmannhaus.php)
Klaus Mann ante la fachada casi intacta de la  Poschi 

Pero en la parte de la casa que todavía quedaba en pie, se apreciaba también la contribución de los nazis. Klaus Mann se fue abriendo camino entre la ceniza y los escombros: 

Había paredes y puertas que no había visto nunca antes. Todas las habitaciones se habían vuelto más pequeñas, como si el asco y la aversión las hubiera inducido a encogerse. El despacho de mi padre, antaño espacioso y respetable, parecía ahora extrañamente reducido.

La policía política de Baviera, que ya había confiscado en 1934 la casa del célebre exiliado, la declaró oficialmente propiedad del Reich alemán en 1937. A partir de esa fecha empezaron a levantarse tabiques para dotarla de más habitaciones y las espaciosas estancias de la Poschi fueron divididas en celdas. Klaus Mann no tardaría en averiguar el motivo.

Sólo por la deliciosa descripción que hace de esta escena, que aquí no puedo sino resumir, vale la pena leer su extraordinaria autobiografía Cambio de rumbo



"Entonces descubrí a la muchacha desconocida. Estaba en el balcón que había delante de mi habitación, sin moverse, un poco agachada tras la balaustrada. Seguramente había permanecido todo el tiempo allí y había estado observando mi paseo. La saludé con la mano, pero no reaccionó, sino que se quedó petrificada, como si creyera no haber sido descubierta. ¿Me tenía miedo? Sin duda, yo vestía el uniforme del enemigo."

A las preguntas tranquilizadoras de Klaus Mann, la muchacha le explicó que vivía en el balcón, sobre el que había extendido unas sábanas confiando en que no lloviera. Era alpinista, por lo que había improvisado una más que precaria escalera en la fachada posterior de la casa para acceder a su pequeño refugio. Guiado por ella, no sin casi partirse la crisma, Klaus Mann logró subir a lo que había sido su habitación. 

La muchacha “apenas tendría más de veinticinco o veintiséis años, pero ya estaba ajada, la piel mortecina e impura y un ceño mohíno y terco bajo el riguroso flequillo”. Poco a poco Klaus se fue ganando su confianza, aunque sin revelarle a la intrusa que aquella morada había sido suya. La joven le contó con toda naturalidad que la casa había pertenecido a un escritor. "Seguramente un no-ario", supuso, encogiéndose de hombros. "O quizá incluso un judío total. En cualquier caso, no se había entendido bien con su gobierno". Acto seguido le contó con pasmosa naturalidad al asombrado Klaus que Himmler había escogido precisamente la vieja Poschi como sede de uno de sus escabrosas "fuentes de vida", los llamados Lebensborn: 

Pero ¿de veras no sabe usted lo que eso significa? –le preguntó—Robustos muchachos de las SS estuvieron acuartelados aquí. Gente muy fina, se lo aseguro: auténticos sementales. Y precisamente para eso los empleaban, como sementales, por lo de la raza, ¿entiende? Estos Lebensborn –teníamos muchos, por todo el país—existían para atender a las necesidades raciales, para la cría de sangre nórdica, para aumentar la descendencia alemana. Naturalmente,  las chicas también tenían que ser racialmente impecables; el cráneo, las caderas… ¡Todo se les medía! 

En ese momento el fotógrafo instó a Klaus Mann a que bajara, así que el escritor se despidió sin aclarar cuál había sido exactamente la relación de la muchacha con aquella peculiar institución de Himmler. 

Y así es cómo la casa del espíritu alemán por excelencia  –Thomas Mann llegó a decir que donde estaba él, estaba Alemania—  llegó a ser también, durante ocho años, la casa del cuerpo ario. 

Si eso no es una siniestra ironía de la historia...


domingo, 4 de noviembre de 2012

Marketing en el crematorio


He estado tres veces en el memorial del campo de concentración de Buchenwald, pero siempre ha sido a mi pesar. No me gusta acudir a estos lugares. Pienso que estas visitas no permiten figurarse ni por asomo lo que significó ser un prisionero, por mucho que se nos deje poner el pie en los barracones. Tampoco estoy segura de su función pedagógica. Siempre he pensado que una visita a los restos físicos del lugar nunca será equiparable a la lectura de los testimonios de quienes aquí sufrieron.  

Así que cuando regresé a Buchenwald por tercera vez, moralmente obligada por la compañía de unos historiadores alemanes, no esperaba que nada llamara mi atención. Transité por los lugares del horror, leí aplicadamente los carteles y deseé que la visita transcurriera lo antes posible. 

Era primavera y lucía un sol precioso, lo cual resultaba casi obsceno en un lugar semejante. A mi alrededor un grupo de turistas americanos se exclamaba a cada nueva monstruosa cifra que les indicaba el guía. Una clase de escolares, saludablemente ajenos a la solemnidad del entorno, perseguía una mariposa. Nada acentúa más el absurdo que ver mariposas en Buchenwald, en un lugar en que hasta los pájaros habían dejado de cantar ahuyentados por el humo de los cadáveres. Así lo recordaba siempre Jorge Semprún en La escritura o la vida. 

Pensando en estas y otras cosas entré distraídamente en la sala de los crematorios.  



Y entonces reparé en ello. En las visitas anteriores se me había pasado por alto, inexplicablemente. Era algo que no mencionaban los supervivientes en sus testimonios. Algo que me hizo pensar que la visita, después de todo, había servido para algo. 

Se trataba de esto: 


La función de esta puertecilla de alimentación es lo de menos. Lo que importa es el logo:


El hallazgo me dejó perpleja: La empresa familiar que había creado los crematorios, Topf und Söhne (Topf e Hijos), había puesto su logo en un lugar destacado de su instalación, tal como recomendaría cualquier agencia de marketing. Branding, creo que lo llaman. Topf und Söhne estaba orgullosa de su nombre y de sus productos y así se lo comunicaba al mundo.   

La empresa sabía perfectamente para qué se iban a emplear sus crematorios. Era un encargo atípico. Un campo de concentración no es --en teoría-- un cementerio. Los ingenieros tuvieron que diseñarlos expresamente para que cumplieran su función y adoptaron medidas especiales para incrementar su capacidad. Incluso prepararon una solicitud de patente. Los operarios hicieron cientos de visitas al campo para tomar medidas, llevar las piezas y  montar las instalaciones. Ahí tuvieron que ver inevitablemente a los demacrados prisioneros para los que su trabajo estaba destinado.

Las autoridades de las SS quedaron tan contentas con la impecable eficacia de Topf und Söhne que les encargaron los crematorios de Auschwitz e incluso parte de las cámaras de gas. También ahí luciría el logo de la empresa.  

Lo increíble es que mientras los SS trataron de acallar las atrocidades que sucedían en los campos y al final de la guerra procuraron eliminar cualquier documentación relativa a sus actos, Topf und Söhne firmaron su propio crimen para la posteridad, en hierro forjado. Como si en vez de un crematorio masivo hubieran construido un ascensor o unas escaleras mecánicas. Aplicaron el orgullo de quien hace bien su trabajo.

¿No se plantearon nada más? ¿O acaso estaban convencidos de obrar para el bien común? 

Difícilmente puede haber algo que simbolice mejor la eficacia industrial del Holocausto que esa puertecita de fundición con el logo de Topf.  

Ha pasado mucho tiempo desde mi encontronazo primaveral con el insólito hallazgo. Por entonces la empresa era prácticamente desconocida, pero entretanto incluso existe un centro de exposiciones que documenta detalladamente la actividad de Topf und Söhne durante la guerra.

Patente para horno crematorio de alto rendimiento (1942)

Curiosamente, el primero en interesarse por la cuestión, durante los años ochenta, fue un farmacéutico francés revisionista, Jean-Claude Pressac. Su objetivo era reunir material para demostrarle al mundo que el Holocausto resultaba técnicamente imposible.  

Después de ver la abundante documentación que había legado la empresa Topf un Söhne, ya no le cupo ninguna duda de que sí lo era.

Supongo que no hay mal que por bien no venga.   

Plano de crematorio en Cracovia