La semana pasada les hablé de un tema que me parece cada vez más fascinante: el pulso que mantienen entre sí la historia y la memoria. Un tema especialmente delicado en la historia contemporánea, que todavía cuenta con testimonios vivos que, a veces, se resisten a aceptar la evidencia de las fuentes. El caso de los ataques en vuelo rasante de Dresde es sin duda uno de esos casos en los que la historia vence sobre el testimonio. Pero entonces, ¿debemos atribuir a los testimonios orales de las víctimas sólo "un valor subordinado", como propugnan historiadores como Elke Fröhlich? De ser así, ¿qué crédito cabe darle a los miles de testimonios de los campos de concentración? Dado que la abundancia de testigos es uno de los pilares contra la negación del Holocausto, cuestionar el relato de las víctimas ¿no implica ceder terreno al negacionismo?
En dicho post les hablaba del caso de mi madre, que recuerda haber visto a los cuatro años la sinagoga de su pueblo, Borgholz, en llamas. Dado que los ataques durante la Noche de los cristales rotos del 9 de noviembre no se iniciaron hasta pasadas las diez, pues Goebbels dirigió a las diez en punto su discurso antisemita a los líderes reunidos de las SA, cabía deducir que también la sinagoga de su pueblo, Borgholz, habría ardido tarde esa noche, haciendo improbable que ella, siendo tan pequeña, fuera testigo del suceso. Asimismo, el efectismo propagandístico de las llamas --cabe recordar aquí el gran papel simbólico del fuego dentro de la cosmovisión nazi-- justifica plenamente que se esperara a la noche para incendiarlas. Eso, junto a la corta edad de mi madre, invita a pensar que su memoria podría haber asumido sin querer como propia alguna de las numerosas imágenes de sinagogas en llamas que han difundido desde entonces documentales y películas. Quizá estas imágenes se habían sumado a algo que sí pudo haber impactado en su retina al día siguiente, como los restos calcinados de la sinagoga ya apagada. Los análisis de Harald Welzer, entre otros, demuestran que se trata de un mecanismo típico de fijación de los recuerdos: la mente tiende a generar automáticamente una relaciones causa-efecto y, si falta alguno de los elementos necesarios para que ésta se produzca, suple su carencia extrayendo datos que encajen a partir de otros materiales que a menudo son de tipo visual (películas, documentales o fotografías). Es decir, si hay una sinagoga calcinada, antes tuvo que haber un fuego. Si no hubo una vivencia personal y recordable de ese fuego, la memoria genera inconscientemente un sustitutivo idóneo a partir, por ejemplo, de una película. El resultado es un recuerdo muy vívido y hasta cierto modo verdadero, aunque sólo a medias: pensemos, por ejemplo, en el caso de la prueba del salto de trampolín en las Napola. (O el interesante caso del bombardeo "vivido" por Oliver Sacks que me da a conocer Xose Antonio López Silva en su comentario a mi post anterior).Por supuesto, estos procesos neurológicos naturales actúan con eficacia aún mayor si, además, hay de por medio sentimientos de culpa o deseos de negar una realidad desagradable, como suele suceder en situaciones históricas en las que se da una dialéctica entre perpetradores y víctimas. Uno de los casos más interesantes queda reflejado en el libro Opa war kein Nazi, una obra colectiva que ya se considera clásica. En ella se analizan los resultados de toda una serie de entrevistas efectuadas hace diez años a testigos alemanes del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, pero --y en ello reside la novedad-- también a los hijos y nietos que ya no vivi
eron el conflicto. El objetivo era ver de qué modo se perpetúan determinados relatos particulares en la historia familiar y cuál es la relación que esta memoria privada mantiene con la historia oficial. El resultado queda idóneamente reflejado en el título: El abuelo no era un nazi. De hecho, según la memoria familiar alemana, ningún abuelo fue nunca un nazi. "Mi padre tuvo que militar en el Partido Nazi por motivos relacionados con su negocio, pero no era un nazi". "Mi tío entró en las SA y años después los nazis lo obligaron a...". Los nazis, por tanto, no serían los afiliados al Partido, ni tampoco los militantes en las SA o las SS, siempre y cuando estos fueran de la familia. Son siempre los otros. En algunos casos incluso se da la paradoja de que la generación que participó en el conflicto se manifiesta mucho más dura consigo misma y con su implicación que las generaciones venideras --incluída, curiosamente, la del mayo del 68--, en la medida en que éstas, aun con todo su repudio al nazismo, en la práctica exoneran de toda responsabilidad a sus padres y abuelos. Un caso curioso de cómo actúa la memoria cuando interviene el amor filial.
Pero volvamos a Borgholz y a su sinagoga: Esta semana mi madre volvió a insistir en la vericidad de su recuerdo. Así pues, entre las dos buscamos datos recopilados por un historiador local, Horst-D. Krus. Resultó que en Borgholz la quema de la sinagoga --para ser exactos, la quema del mobiliario, de la Torah y de todos los útiles que había en su interior, ya que el edificio propiamente dicho estaba demasiado cerca de los hogares arios-- tuvo lugar, excepcionalmente, a plena luz del día. Mi madre, pues, tenía razón con su recuerdo. Esta vez es la memoria la que ha salido victoriosa y me ha permitido, aquí, rectificar y darle un tirón de orejas a la historia... y, ya puestos, también a mí por mi excesivo escepticismo.
2 comentarios:
Hola, muy interesante el blog, te queria preguntar algo.. el libro Lili Marleen se consigue solo en España? Soy de Argentina, y no lo pude conseguir todavia, sera porque estoy en el interior del pais a lo mejor.
Saludos!
Estimado Maty Alejandro:
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Espero haberle ayudado con esta información.
Un saludo muy cordial desde Barcelona.
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