domingo, 31 de mayo de 2009

Tanques y cochecitos de bebé


Mi madre, que vivió la Segunda Guerra Mundial de pequeña, recordaba que a unos cincuenta metros de la estación de tren de su pueblecito natal de Westfalia, colgado de un puente y en un lugar muy visible, había un cartel con la siguiente leyenda:

Panzer rollen für den Sieg. Kinderwagen für den nächsten Krieg!

Obviamente, la traducción castellana no recoge la rima del original, un pareado extremadamente pegadizo y, si pasáramos por alto su contenido, incluso podríacochecito con esvástica (1937)mos decir que alegre, como si fuera el estribillo de una canción infantil.

Los tanques avanzan para la victoria.
¡Cochecitos de bebé para la próxima guerra!

Mi madre cree recordar que en el cartel había un cochecito de aspecto idealizado y premeditada- mente "clásico", con ruedecitas de madera como los de antes, a pesar de que los que ella conocía ya tenían modernos radios metálicos, como se aprecia en la foto. Puede que en el cartel también hubiera un tanque, pero de eso no está segura.

Es bien sabido que las autoridades nazis hicieron todo lo posible para promocionar la natalidad entre la población alemana a fin de propiciar la cría de alemanes "de buena sangre" con fines de eugenesia racial, pero también para contar con una población joven y sana que pudiera repoblar los nuevos "espacios vitales" arrancados por la fuerza a las naciones ocupadas. Por supuesto, todo el mundo murmuraba que había al menos una tercera razón: la producción en masa de carne de cañón para alimentar una guerra cuyas dimensiones estaban superando lo imaginable. Pero, ¿podían los nazis llegar a ser tan cínicos como para anunciar a bombo y platillo en un cartel este terrible propósito? Y los alemanes, ¿estaban ya tan adoctrinados como para aceptar la misión de traer hijos al mundo con el único fin de enviarlos al combate? Por otro lado, tampoco sería tan extraño, teniendo en cuenta que en el Próximo Oriente se están desarrollando voluntariamente estrategias demográficas muy similares...

De todos modos, yo nunca creí posible que la oficialidad nazi se atreviera a desnudarse ideológicamente de tal modo. Pensé que la memoria de mi madre había fundido un cartel cualquiera con una frase surgida del humor negro de los civiles alemanes. Me los imaginaba susurrándose clandestinamente este pareado los unos a los otros a fin de burlarse del pomposo "Día de la Madre" que los nazis habían elevado a la categoría de fiesta nacional, dotándolo de discursos de encendido elogio a la maternidad y amenizándolo con los coros de las Juventudes hitlerianas. En una de estas fiestas le concedieron oficialmente a mi abuela la "Cruz de la Madre", en su caso de bronce, ya que sólo había parido a seis hijos. En estas curiosas olimpiadas, la medalla de plata era para las progenitoras de 6 a 8 niños, y la de oro para las que habían conseguido 8 o más. Dice mi madre que mi abuela tiró la cruz a la basura nada más recibirla. Lástima. Confieso que me habría gustado examinarla alguna vez de cerca.

Seguí dudando, pues, de la veracidad de esta frase, hasta que topé con el testimonio de un tal August Justus, procedente de una localidad de la Baja Sajonia llamada Wispenstein. Justus recuerda la movilización de 1939. Las estaciones estaban llenas de familiares que despedían con un pañuelo a los jóvenes soldados que partían a la guerra, y casi sólo circulaban trenes militares. Cuenta Justus que las locomotoras y los vagones de carbón ostentaban el eslógan:
el joven August Justus
Räder müssen rollen für den Sieg.
Kinderwagen für den nächsten Krieg.

Es decir:

Las ruedas deben rodar para la victoria.
Los cochecitos de bebé, para la próxima guerra.

Como verán, la versión es un tanto distinta a la que recuerda mi madre (desaparecen los tanques), pero el segundo verso, el más terrible, permanece inalterado. Con el agravante de que este testigo lo ubica ya en 1939, cuando la guerra acaba de empezar.

La difusión de este perverso pareado abarcaba toda Alemania, ya que poco después lo reencontré en el relato de una mujer sobre los últimos bombardeos de Berlín. Según este testimonio, al menos el primer verso formaba parte de un eslogan ideado por las autoridades nazis para mantener animada a la población mientras ésta veía impotente cómo las bombas destrozaban sus casas:

Unsere Mauern brechen, unsere Herzen nicht.
Alle Räder müssen rollen für den Sieg.

(Nuestros muros se rompen, nuestros corazones no.
Todas las ruedas deben rodar para la victoria.)

Y los civiles alemanes, en un gesto de humor negro, habrían añadido la consabida frase final de los cochecitos: Und Kinderwagen für den nächsten Krieg.

En efecto, todo apunta a que la frase del cochecito fue un añadido espontáneo. En junio de 1942, cuando el abastecimiento de la Wehrmacht en el frente ruso se había convertido en un gran problema, la compañía de ferrocarriles estatal del Reich inició una campaña publicitaria destinada a evitar en lo posible el empleo del tren por parte de la población civil. El eslogan principal de la campaña era Räder müssen rollen für den Sieg ('Las ruedas deben rodar para la victoria'), y con él se pretendía concienciar a los alemanes sobre la enorme importancia estratégica que había adquirido el tren. El ingenio popular le añadió enseguida el segundo verso a este lema publicitario que le afectaba negativamente en su movilidad. Espoleados por la conciencia de estar siendo utilizados por Hitler para sus ambiciones imperialistas, los alemanes más osados se lo añadieron clandestinamente con pintura a los carteles de la época, que lógicamente solían colgar de los vagones o en las estaciones. Así pues, se trataba de un grafitti popular de la época que el tráfico de los vagones así mancillados contribuyó a difundir.

Después de todo, cuando en octubre de 1944 se convocó el Volkssturm y se reclutaron a la desesperada a ancianos y niños para defender lo que quedaba del Reich, circularon chistes como éste:

-Ahora han confiscado todos los cochecitos de bebé.
-¿Por qué?
-Porque van a llevar al frente a la quinta del 1943.

viernes, 22 de mayo de 2009

Zarah Leander y la "Leibstandarte SS Adolf Hitler"

Zarah Leander¿Conocen ustedes a Zarah Leander? Es probable que no. Sin embargo, en Alemania no hay nadie de más de cincuenta años que no la recuerde perfectamente. Esta bella pelirroja sueca fue la estrella por antonomasia del cine del Tercer Reich.

Fueron muchas las cesuras que el infausto año 1933 trajo a Alemania, entre ellas la imposición definitiva al cine alemán de los estándares del star system, previamente diseñados y empleados con éxito precisamente por el cine "enemigo" de Hollywood. Una vez se había creado una estrella, un programa meticulosamente elaborado hasta el último detalle le imponía lo que debía ponerse, las fiestas a las que debía asistir y, por supuesto, lo que debía decir y omitir a la prensa. Zarah Leander fue un producto perfecto y una víctima satisfecha de este sistema. Se cuenta que cuando Frau Leander iba de compras a unos grandes almacenes, los encargados echaban sin ambages a toda la clientela del edificio y lo cerraban sólo para ella. Sueca y, por tanto, dotada de una nota de exotismo "extranjero" sin por eso dejar de ser "aria", en el Tercer Reich podía permitirse el lujo de representar papeles tradicionalmente contrarios a la imagen ideal de la mujer alemana, convirtiéndose así en un objeto inocuo, pero necesaZarah Leanderrio, de deseo y de identificación.

Su éxito fue extraordinario. Pero Zarah Leander no dejaba de tener méritos propios, entre ellos sobre todo su preciosa voz de contralto. Lamentablemente, el régimen nazi supo hacer un uso interesado de ella, especialmente cuando la guerra dejó de ser una sucesión de victorias para Alemania y la población civil empezó a acusar sus estragos.

“Puede que la vida cotidiana nos parezca ahora más gris y difícil de lo que nos lo parecía antes. En tiempos como estos resulta tanto más necesario que el Estado se esfuerce todo lo posible por compensar esta situación y le procure al pueblo el entretenimiento y la relajación que hoy más que nunca tiene derecho a reclamar. Sin optimismo no se puede ganar una guerra; éste resulta tan importante como los cañones y los fusiles”. (Goebbels en noviembre de 1939, dos meses después de iniciarse la invasión de Polonia).

Así, Zarah Leander se convirtió, por así decirlo, en el cañón y el fusil vocal por excelencia del optimismo alemán, con canciones dotadas de título significativos como "No por esto se hundirá el mundo" o "Yo sé que un día sucederá un milagro", estas dos incorporadas a los números musicales de su película Die grosse Liebe ('El gran amor', 1942). Véanla cantando "Yo sé que un día sucederá un milagro":


video

Décadas después de la guerra, esta canción sentimentalmente optimista y de garboso estribillo todavía animaba los momentos melancólicos de toda una generación de mujeres alemanas. Mi madre, desconocedora de su contexto ideológico, la ponía en el tocadiscos siempre que se sentía desanimada, atribuyéndole capacidades casi milagrosas para resolver una situación problemática. Así es como también yo aprendí a apreciarla de niña, antes de saber quién era realmente aquella mujer de voz sensual y meloso acento escandinavo.

Ahora que han visto la escena, ¿han prestado atención al momento en que Leander aparece rodeada de decenas de figurantes vestidas de angelito? ¿Y no han notado nada raro? Fíjense bien:

¿Todavía no? Miren otra vez:


¿No les parece que estas starlets son un poco feas para acompañar a una estrella como la Leander? Aquí pueden contemplarlas un poco más de cerca:











Han acertado: son hombres. La Leander no sólo era algo entradita en carnes --aspecto que los productores trataban de disimular con ingeniosos trucos-- sino también anómalamente alta. En aquel momento la productora no contaba con chicas disponibles que pudieran engañar la vista del espectador luciendo las valquirianas dimensiones de su gran estrella. Así pues, se recurrió al extremo de emplear a hombres disfrazados.

Desde luego, los hombres escogidos cumplían con creces los requisitos de delgadez y altura: eran nada menos que miembros de la Leibstandarte SS Adolf Hitler, la "élite de la élite", nacida a partir de la guardia pretoriana de Hitler, instruida para el combate mediante los procedimientos más duros y supeditada directamente a las órdenes del Führer. Hombres como estos que aquí ven, torpemente travestidos a su pesar, fueron los responsables de los primeros asesinatos masivos de judíos en Italia --la llamada masacre del Lago Mayor-- o la liquidación indiscriminada de prisioneros de guerra --las masacres de Malmedy y de Wormhout. En estas fotografías, por una vez, nos conceden la rara oportunidad de reírnos de ellos. Que la disfruten.

martes, 19 de mayo de 2009

La pasión por la belleza y el cráneo de Rafael

Durante mucho tiempo los europeos vivimos convencidos de que alguien que tuviera un carácter excelente tenía que contar también con un físico bello. Es una interpretación tergiversada de lo que los griegos llamaban kalokagathía, la belleza, la inteligencia y la virtud aunadas en un solo individuo: la "virtud completa" según Aristóteles, y el motivo de que tantos ciudadanos griegos se esforzaran por modelar su cuerpo en la palestra. ¿Les suena a superstición anticuada? Pues no debería. ¿Acaso aún hoy en las películas los buenos no son siempre mucho más guapos que los malos?

Del Renacimiento eautorretrato de Rafaeln adelante, el heredero absoluto de la kalokagathía fue Rafael Sanzio. Murió joven, sus autorretratos lo muestran bello y, además, era un artista extraordinario. Razones más que suficientes para que los poetas del neohumanismo alemán, obsesionados como nunca antes por el arte y belleza, también se obsesionaran con él. En su viaje a Roma de 1788, Goethe peregrinó --según sus propias palabras-- a la Accademia di San Luca a fin de rendir pleitesía a una reliquia, los restos de un santo de nuevo cuño de lo que estaba empezando a ser una novedosa religión, la religión del arte: me refiero al cráneo de Rafael. La Academia conservaba este su objeto favorito en una vitrina sobre un pedestal en el que figuraba una leyenda latina que viene a decir: "Aquí tenemos a Rafael; como éste la superaba, la Naturaleza se puso a temblar y lo expulsó de la vida". (En efecto, aunque con su arte Rafael superara supuestamente a la naturaleza propiamente dicha, no así a la suya propia: murió de las fiebres mal tratadas que contrajo en una casa de citas).

En cualquier caso, es curioso ver cómo un objeto tradicionalmente feo, como una calavera, podía convertirse para alguien en un objeto bello sólo por proceder de un creador de belleza. ¿No es eso el fetichismo? Goethe elogió la hermosura y la regularidad de la curvatura craGoethe en Roma (acuarela de Tischbein, 1787)neal rafaelita, calificándolo de "notable construcción ósea en la que un alma bella podría pasearse cómodamente". Cuando más adelante, a petición suya, se le envió a Weimar un vaciado en yeso de la reliquia, esta nueva copia todavía daría pábulo a diversas consideraciones. (Alguna de ellas debió de inspirarle cuando, varias décadas después, dedicó uno de sus mejores poemas al cráneo de su amigo Schiller, al que hizo colocar secretamente sobre su escritorio en 1826, bajo una campana de cristal y sobre un cojín de terciopleo azul).

Debió de ser en casa de Goethe donde, en 1807, tendría ocasión de ver la copia de la calavera de Rafael el gran experto en cráneos de la época, el médico y anatomista Franz Joseph Gall (1758-1828), fundador de esa extraña ciencia llamada frenología según la cual nuestras características innatas encuentran su reflejo en las protuberancias craneales. Dado que precisamente la cabeza de Rafael, siendo como era una criatura perfecta, carecía por completo de bultos, las conclusiones científicas a las que Gall llegó fueron harto contradictorias: ya se sabe que la perfección es enemiga de la individualidad.

Quizá Gall habría emitido un juicio más certero de saber que, como suele suceder con las reliquias, aquel hueso conservado en la Accademia di San Luca era falso y pertenecía a un tal Desiderio d'Adiutorio, al parecer un canónigo. El auténtico cráneo de Rafael se exhumó en 1833, en una iniciativa científica organizada a tal efecto en la que destacados médicos y arqueólogos buscaron los huesos del artista entre las personalidades enterradas en el Panteón. Pero si ahora piensan que esta nueva mirada científica eliminó toda superstición, están equivocados: también el cráneo auténtico fue definido por los ilustres participantes en la excavación --algunos de ellos con lágrimas en los ojos-- como una "forma bella, armónica en todas sus partes", "de una configuración regular y sin ninguna protuberancia que llame especialmente la atención". De nuevo una mente bella en un cráneo bello. Juzguen ustedes mismos:

cráneo auténtico de Rafael





viernes, 15 de mayo de 2009

La habitación silenciosa

Decía Schiller que la cultura es voluntad de diferenciación, y que sólo los animales se conforman con ser iguales. Pero ¿realmente es así? Actualmente más bien parece que las personas ya sólo aspiran a diferenciarse de las demás mediante un piercing, un tatuaje o el color de la corbata. La individualidad --¡no confundir con el individualismo!-- ha perdido gran parte del sex appeal que tuvo en el pasado.

Más convincente resulta, quizá, lo que proponían Pascal y Montaigne, según los cuales “el objetivo de toda educación consiste en no tener miedo de permanecer sentado en una habitación silenciosa”. (Eso estaría, por cierto, en la línea de lo que sugería acertadamente Elisa en mi entrada anterior: la cultura como vía de escape). Es verdad: imaginémonos por un momento encerrados en una celda sin televisión, ordenador, teléfono móvil ni equipo de música. Enfrentados sin remedio a la tortura del aburrimiento, a la ausencia completa de estímulo, ¿nuestro yo no consistiría, para bien o para mal, sólo en aquello que hubiéramos aprendido?

Hay una tradición literaria poco considerada, pero significativamente abundante quChristian Friedrich Daniel Schubarte ofrece múltiples testimonios de esta índole. Me refiero a las memorias de presidiarios, en su mayoría productos culturales surgidos precisa- mente de ese aburrimiento existencial que imponen las "habitaciones silenciosas". Recordemos, por ejemplo, a Christian Friedrich Daniel Schubart, el frívolo poeta dieciochesco que en 1777 fue condenado a diez años de calabozo por arremeter contra la autoridad ducal. En su caso, el silencio de su indeseada "habitación" era verdadera- mente aterrador: “La gente que me traía mi miserable pan y el agua de la cisterna tenía orden estricta de no dirigirme la palabra”, escribe en las memorias que dictaría años después. “Ni un libro, ni un piano, ni tinta, pluma, lápiz ni papel. Todo estaba mudo a mi alrededor, como la tumba en torno al difunto”.
Victor Klemperer
Mucho después, en 1941, el profesor de origen judío Víctor Klemperer es obligado a pasar ocho días en una celda sin libros, lápiz, papel ni lentes. Su delito: haberse olvidado de oscurecer con cartones la ventana de su casa de Dresde a fin de volverla invisible por la noche a los bombarderos aliados.

Tanto Schubart como Klemperer se vieron obligados a enfrentarse a su existencia desnuda. “El aburrimiento fue el primer azote que percibí de forma penetrante”, dice Schu- bart, mientras Klemperer recuerda: “La única tortura real, la que ya no podía anestesiarse y que crecía por momentos, consistía en la completa carencia de toda ocupación, en el espantoso vacío e inmovilidad de aquellas 192 horas”.

El primer paso que emprenden probablemente obedezca a un impulso atávico del ser humano: medir y explorar su territorio. Schubart dice contar “mis pasos, mi pulso, todas las grietas y rendijas de la bóveda del calabozo, los hilos de la manta con la que me cubría”. Klemperer opta por recorrer una y otra vez la celda con sus pasos. Tras este proceso de familiarización, se imponen las socializaciones imaginarias: “No mataba nada que se moviera en mi calabozo”, afirma Schubart; “el tejer de las arañas, sus impulsos de caza me distraían durante horas”. Klemperer, por su parte, agradece los ataques nocturnos de las chinches, a las que compara, por cierto, con la policía nazi por su capacidad para torturar con discreción. Como tercera etapa en la supervivencia psicológica surge la reflexión sobre el misterio religioso, la búsqueda de Dios como acompañante. En este sentido Schubart, nacido antes de la secularización, lo tiene más fácil: La angustia de la cárcel le lleva a reconciliarse con la Iglesia y a experimentar un renacimiento pietista, que describe con gozosa fruición. Klemperer, en cambio, reconoce que “si ahora ‘entrara en mí’ o ‘buscara a Dios’, como le corresponde a un relato de presidio a la antigua usanza, estaría interpretando un papel cómico ante mí mismo o sentiría que se me han reblandecido los sesos”.

La reflexión religiosa –cultura al fin y al cabo-- contribuye a auxiliar a estos desafortunados presos del yo, pero el impulso cultural por excelencia, el deseo de permanencia a través de la creación, surgirá después: Klemperer consigue hacerse con un lápiz gracias a un celador compasivo. “Mi primera anotación, más larga y patética que todas las que siguieron, rezaba: Agarrado de mi lápiz trepé del infierno de mis últimos cuatro días hasta regresar a la Tierra”. Lo que Klemperer escribió con ese lápiz, el relato pormenorizado de su cautiverio, constituye el pasaje más conmovedor de sus fascinantes Diarios. También Schubart compuso, de memoria, sus mejores poemas en prisión (entre ellos La trucha, posteriormente inmortalizado por Schubert).

Encerrados en la cárcel de nuestro yo, un lápiz y todo lo que sepamos hacer con él puede convertirse en el único salvavidas contra el miedo a permanecer sentados en una habitación silenciosa, sin más compañía que nosotros mismos. Por otro lado, es verdad que nuestro ruidoso mundo apenas cuenta ya con "habitaciones silenciosas", por lo que entrar en una de ellas, incluso voluntariamente, se vuelve cada día más difícil. Y ahí estamos otra vez: ¿Para qué, pues, la cultura, cuando ya no hay aburrimiento del que protegerse?

¿Para qué la cultura?


¿Se han preguntado alguna vez cómo una de las culturas nacionales más avanzadas de Europa, como la alemana, pudo desembocar en el nazismo? Sí, ya lo sé: es una pregunta típica de conversación de sobremesa que hemos escuchado mil veces, apta para hacerse el interesante sin necesidad de esforzarse demasiado. Sin embargo, a mí el intento de responderla –de responderla bien, se entiende—me ha tenido ocupada durante los últimos quince años y todavía no he conseguido dar con una respuesta convincente. (Veáse, por ejemplo, mi Misterioso caso alemán).

El asunto no es baladí: si una cultura tan impresionante como la alemana pudo desembocar en la barbarie, es que la cultura en sí no nos salva necesariamente de nada. Durante siglos hemos pensado que ser cultos, por definición, nos hace mejores: no sólo porque siéndolo, si es que hemos conseguido salvarnos de la pedantería, somos más interesaKlaus Barbientes y mejores conversadores, sino también porque la cultura nos ayuda a reconocer el mal y, por tanto, a evitar cometerlo. Ya. Hasta que hemos visto al criminal de guerra Klaus Barbie matando el aburrimiento al descifrar hexámetros homéricos en el banquillo de los acusados mientras los testigos exponían al jurado las atrocidades que había cometido en el Tercer Reich.

Pero entonces, ¿para qué esforzarnos en cultivar la cultura o en motivar educativamente a nuestros vástagos –caso de tenerlos—para que lo hagan? Al fin y al cabo, se puede ser un abogado o un médico estupendo sin necesidad de saber quién escribió Hamlet o cuándo se produjeron las Guerras Púnicas. También llevo años intentando responder a esta segunda pregunta, fatalmente derivada de la primera. Para ello trato de acumular argumentos en defensa de la cultura y de las humanidades a pesar de los eventos de nuestro malhadado siglo XX. En gran medida, este blog pretende dar espacio a este tipo de reflexiones. Obviamente, se admiten sugerencias…. Siempre y cuando sean argumentaciones racionales. No vale eso de que la cultura es buena porque produce placer a quien la cultiva. Basta un vistazo a nuestro alrededor para constatar que eso no le sucede a todo el mundo, del mismo modo que no todos los hombres hallan placer en beber champán de un zapato usado de tacón.