domingo, 26 de julio de 2009

Ruhleben y la Primera Guerra Mundial

Siempre me ha parecido una injusticia que la Primera Guerra Mundial haya quedado prácticamente eclipsada en nuestra memoria colectiva sólo porque después vino otra todavía peor. Cuando se nos habla de "campos de concentración" pensamos de inmediato en lugares como Buchenwald, olvidando que hubo muchos otros de nombres olvidados, como Elsenborn o Soltau, que llegaron a acoger un total de entre ocho y nueve millones de combatientes, lo cual equivale a un total del diez por ciento de todas las fuerzas movilizadas en la guerra.

Pero no sólo los combatientes fueron encarcelados: también los residentes extranjeros de naciones enemigas. Uno de los campos de civiles más notorios fue el de Ruhleben, cerca de Spandau, concebido especialmente para alojar a prisioneros ingleses. Originalmente era un hipódromo con once establos y capacidad para 27 caballos en cada uno: tan sólo había que sustituir a los caballos por prisioneros. Fueron entre 4.000 y 5.000, según las estimaciones, en su mayoría de nacionalidad británica.

Antiguo hipódromo de Ruhleben convertido en campo de prisioneros civiles (http://ruhleben.tripod.com/)
hipódromo de Ruhleben en 1909
Uno de sus inquilinos involuntarios fue el irlandés William O'Sullivan Molony, arrestado en 1914 a las puertas de la embajada inglesa de Berlín cuando sólo contaba diecisiete años. Por lo que cuenta Molony en Prisoners and captives, Ruhleben --que en alemán significa algo parecido a vida tranquila-- tuvo que ser un lugar muy singular. La población de reclusos se componía en gran medida de marineros capturados en el mar o en puertos alemanes, pero también de profesores de golf y de lengua inglesa que casualmente residían en suelo alemán en el momento en que estalló la contienda. Por su actitud, se diría que los prisioneros de algunas fotografías que se conservan acaban de salir de un selecto club londinense, si no fuera porque se sujetan los pantalones a la escuálida cintura con una cuerda.

La vida en el campo era terriblemente monótona, por lo que no tardó en producirse una versión colectiva de lo que en una entrada anterior denominé la habitación silenciosa: la cultura floreció por doquier en sus más diversas manifestaciones. (La deportiva, me temo, cuenta entre ellas: la guerra atrapó en Ruhleben a decenas de futbolistas británicos profesionales). En el campo surgieron espontáneamente lecciones especiales sobre Shakespeare para marineros o clases de literatura para pescadores de Grimsby, incluso un "instituto de bacteriología".

Maqueta de una nave confeccionada en Ruhleben por Charlie Backhouse (http://ruhleben.tripod.com/)Dominó fabricado por James Albert Boothroyd (http://ruhleben.tripod.com/)En Ruhleben se hacía música y teatro, se formaban clubes de artistas, se jugaba al dominó con fichas de fabricación casera, se tallaban figuritas y se hacían dibujos. Molony, por ejemplo, se familiarizó con Rudolf Steiner gracias a un prisionero antroposofista y estudió las doctrinas del Tao con la ayuda de un tal Murehead. Un yemenita llamado Hamed Saleh le enseñó a leer árabe y a recitar eBoceto de la vida en Ruhleben trazado por James Bennet (http://ruhleben.tripod.com/)l Corán, mientras que el ingeniero Luboff le permitió dominar el ruso lo suficiente como para leer a Dostoievski en el original. En definitiva, despojados abruptamente de sus obligaciones cotidianas, los prisioneros de Ruhleben habían establecido una peculiar y frenética alianza contra el aburrimiento que se manifestaba sobre todo culturalmente. Molony admite que bajo circunstancias ordinarias, sometidos a un código vital convencional, ni el maestro taoísta habría tenido tanto poder de convicción, ni alguien como el yemenita habría podido ejercer una influencia tan grande en el transcurso de su existencia.

No obstante, en algunas ocasiones la cultura también llegaba a ejercer un poder siniestro sobre estos individuos, que se sometían a ella como si fuera una amante, apasionadamente y por entero.
William O'Sullivan Molony a los 17 años
Nunca olvidaré la tristeza que nos abatió a todos después de ver El maestro constructor de Ibsen sobre nuestros escenarios de Ruhleben. Tales influencias actúan como si fueran intrusas: amistosas y estimulantes, otras muy perturbadoras; ciertas obras y ciertas piezas de música nos daban más fuerza de la que cabe imaginar, mientras que otras nos llenaban de impotencia y a veces nos conducían hasta el umbral de la histeria.

Además, en Ruhleben

todo era innegablemente feo. El esfuerzo, aunque audaz e incluso majestuoso, no podía conciliar el estado real de las cosas. Era una ciudad de mentirijillas, construida al margen de la locura, una con la que Ibsen se habría sentido encantado. Era un monstruo sostenido por el pequeño genio inventivo de sus constructores.

Aun así, resulta difícil no sentir algo parecido a la envidia ante la extraña e indeseada oportunidad de convivir con ese monstruo, a pesar de la pésima comida, que empeoraba a medida que lo hacía el frente alemán, de la añoranza por la vida exterior y del constante anhelo de libertad que invadía a todos sus habitantes.

Cuatro años después, cuando los internos de Ruhleben regresaron a casa, tal vez espiritualmente enriquecidos, pero también demacrados, desnutridos, enfermos y asustados ante un mundo cuyas reglas habían olvidado, fueron recibidos por los suyos con desprecio. A diferencia de los muertos y mutilados de las trincheras, ellos no habían luchado por la patria. En una mentalidad todavía marcada por trasnochados ideales de heroísmo, Ruhleben se convirtió para muchos en un motivo de vergüenza. Fue así como éste y otros muchos campos de la Primera Guerra Mundial pasaron al olvido. Desde los años ochenta, poco a poco, algunos historiadores han decidido rescatarlos.

(Por cierto: este blog --y su autora-- se van de vacaciones hasta principios de septiembre. ¡No nos olviden!)

domingo, 19 de julio de 2009

Las masas y las necesidades del cuerpo

Seguro que todos ustedes reconocen de inmediato las siguientes imágenes:








En efecto: son fotogramas de una obra maestra de la propaganda política llevada al cine: El triunfo de la voluntad (1935) de Leni Riefenstahl. En ellas, de un modo que todavía hoy resulta sobrecogedor, vemos a miles de seres humanos petrificados, convertidos en masa, instrumentalizados como parte de un bonito y vacío diseño geométrico. Convertidos en lo que Elias Canetti definió en Masa y poder como una "masa cerrada":

La masa cerrada busca establecerse, creando su propio espacio al limitarse; el espacio que va a llenar le es asignado. Es comparable a un recipiente en el que se vierte líquido y cuya capacidad se conoce de antemano. Los accesos a este espacio están contados y no se puede entrar en él de cualquier manera.

A los nazis les gustaba imaginar a los comunistas, en cambio, como una "masa abierta", caótica, irregular y con la amenaza implícita de un crecimiento irrefrenable. Así solían mostrar a los comunistas en su cine. Frente al caos bolchevique, el nazismo proponía el orden cerrado de las masas domesticadas.

La fascinación que sentimos cuando vemos estas imágenes de inquietante belleza geométrica, el extraño vértigo de saber que cada uno de esos puntitos es un ser humano como uno mismo, nos hace pasar por alto toda una serie de reflexiones de índole más racional. Por ejemplo, y ateniéndonos a la observación de Canetti de que: "los accesos a este espacio --es decir, a la masa cerrada-- están contados": ¿Se han parado alguna vez a pensar cómo se organizaban técnicamente semejantes aglomeraciones humanas?

Afortunadamente, aunque pocos, hay algunos testigos que nos han rendido cuentas de ello. Por ejemplo, el exquisito conde polaco Antoni Sobánski, que asistió como corresponsal a las celebraciones del 1 de mayo de 1934 en el inmenso campo de Tempelhof en Berlín y nos ha dejado un extraordinario testimonio. Aquí ven una imagen del lugar tomada ese mismo día, pocas horas antes de abarrotarse:

Sobanski nos cuenta:

Cada grupo posee un "plan de desfile" con la hora de la primera reunión, la ruta exacta de desfile, el lugar y la hora del encuentro con otros grupos... Lo mismo vale para la disolución de este enorme circo de dos millones de personas. No se produjo ningún atasco, pero, como todo en esta vida tiene un precio, el precio a pagar por el desarrollo sin incidentes del desfile radial hacia Tempelhof fue que durara de las siete de la mañana hasta la una del mediodía. A esa hora la plaza ya estaba completamente cubierta, pero los discursos no iban a empezar hasta las cuatro. Para la población civil, esperar al menos tres horas bajo un calor insoportable sin poderse sentar en el suelo no deja de tener su aquél, sobre todo cuando a uno no le espera un espectáculo especial, sino sólo una serie de discursos.

Pues bien, llegados a este punto, ¿están pensando lo mismo que yo? En efecto, cuando uno tiene que formar durante horas en la rígida estructura de una "masa cerrada"... ¿qué hace si tiene que ir al baño?

A veces la suerte es generosa y también para ese aspecto contamos, al menos, con un testimonio. Me refiero al bolchevique y escritor expresionista Franz Jung, hoy casi olvidado, que tuvo ocasión de vivir de cerca la primera gran celebración multitudinaria del Tercer Reich, el 1 de mayo de 1933, que tuvo lugar tres meses después de que flamante canciller Adolf Hitler hubiera empleado el incendio del Reichstag como excusa para librarse de los disindentes políticos. En aquella ocasión todavía existían unos aterrorizados sindicatos que fueron obligados a participar en el "enorme circo de dos millones" al que alude Sobánski. Y como, naturalmente, tenían miedo, la noche anterior habían bebido mucha cerveza. ¿Se lo imaginan? Por si fuera poco, aquel año el 1 de mayo hizo frío y las calles estaban llenas de restos lodosos de nieve primaveral. Léanlo en las palabras de Jung:

La organización había calculado mal el número de retretes. O quizá se olvidó por completo de ellos. Además, las columnas de sindicalistas estaban tan bien encajadas entre las SA y las SS, que abandonarlas se había vuelto imposible; por otro lado, los organizadores habrían impedido cualquier intento en este sentido. La noche anterior, muchos habían celebrado discretamente la despedida: la despedida del sindicato, del partido, del socialismo... Y lo habían hecho con cerveza y schnapps, en sus locales favoritos. El caso es que ahora empezaban a notarse las consecuencias. Los participantes en la celebración, temblando de frío, no eran capaces de contener su necesidad fisiológica de hacer aguas, así que mojaron los pantalones y las botas de desfilar, bajo el estruendo de los tambores, las trompetas y las flautas.... ¡Sieg Heil!... ¡Heil Hitler!

(Al día siguiente, por cierto, el 2 de mayo de 1933, los sindicatos libres dejaron de existir en Alemania). Puede que los encargados de organizar el descomunal evento aprendieran de sus errores del año anterior, pues según sigue contando Sobánski, el 1 de mayo de 1934, al menos, hubo retretes. Casualmente, aquel año hacía mucho calor:

La monotonía y monocromía de la imagen de la masa se ven interrumpidas por doce o dieciséis gigantescas tiendas de campaña con la bandera ondeante de la Cruz Roja. Constituyen un dibujo ajedrezado al alternarse con los imponentes retretes de hormigón armado, que recuerdan a los búnkeres de Verdún. Esta imagen confirma que el ser humano no sólo vive de la palabra. Tampoco los centros de primeros auxilios están de decoración. Al parecer, más de 4.000 personas recurrieron a los servicios del personal sanitario. Por lo que pude averiguar, unas mil personas, al caer desmayadas, experimentaron fracturas de brazos o de piernas, sobre todo en las muñecas y tobillos. Y, por lo que me dijeron, en el campo de Tempelhof llegaron al mundo seis o, según otros, nueve bebés. Naturalmente, la mayoría de emergencias se debieron a los desmayos provocados por el calor.

Sobánski, de todos modos, se refiere a la población civil que acudía a Tempelhof en calidad de espectadores. Éstos constituían una masa relativamente "abierta", retomando la terminología canettiana. Puede que, aunque con gran esfuerzo, los civiles pudieran escapar de la aglomeración. Pero ¿y los miles de uniformados de la "masa cerrada" que tenían que cuidar la fila durante horas?

Quizá a partir de ahora les pase como a mí: yo ya no soy capaz de ver la impactante geometría de las "masas cerradas" de Adolf Hitler sin imaginarme aquello que las fotos no pueden mostrar: un olor nauseabundo a sudor y a orines.

Todo un símbolo, me parece a mí.


domingo, 12 de julio de 2009

Bruno Manz y la conspiración judía

Sobre la Segunda Guerra Mundial y el Tercer Reich hay verdaderas montañas de testimonios autobiográficos. En el ámbito alemán abundaron durante un tiempo las memorias de antiguos generales o soldados empeñados en contar sus penalidades y proezas desde una perspectiva heroica. Muchos de estos autores estaban perfectamente dispuestos a aceptar que Hitler fue un tirano que arrastró a Alemania al desastre, pero no a renunciar al orgullo, que consideraban legítimo, sobre sus hazañas en la guerra. Renunciar a este sentimiento habría supuesto aceptar la terrible absurdidad de las penalidades por las que habían pasado. ¿No es un precio demasiado alto para quienes se habían dejado lo mejor de la juventud en el campo de batalla? Después de todo, nuestra psique nos exige que seamos capaces de dotar de un sentido a nuestro sufrimiento, incluso a costa de inventarlo.

Con el advenimiento del mayo de 1968, la mentalidad europea experimentó un punto de inflexión que puso fin a esta actitud. A partir de entonces, los testimonios heroicos de ese tipo ya sólo podían ser autoeditados o aparecer en pequeñas editoriales de filiación política más que sospechosa. El discurso heroico fue convirtiéndose paulatinamente en una actitud rancia y reaccionaria, impropia de los nuevos tiempos. A cambio, proliferaron y se difundieron más que nunca los testimonios de las víctimas, un auténtico género literario con reglas propias que hasta entonces había pasado relativamente desapercibido. Llegó a surgir incluso un nuevo anhelo de ser víctima que fue sustituyendo al viejo orgullo de ser héroe: en algunos casos extremos aparecieron impostores que describían con todo lujo de detalles supervivencias concentracionarias que ellos jamás habían experimentado. Volveré sobre ello en alguna futura entrada.

'A Mind in Prison', editorial Brassey (Virginia, 2000)Pero la clase de testimonio que siempre ha brillado elocuentemente por su ausencia es el del nazi arrepentido, a pesar de que no resulta exagerado afirmar que la población alemana de 1945 se componía en gran medida de ellos. Los motivos de esta ausencia caen por su peso y sin duda están relacionados con un sentimiento inconfeso de vergüenza. Sin embargo, es una lástima que apenas contemos con testimonios directos del universo mental de alguien que se reconozca profundamente convencido de la veracidad de la cosmovisión nazi. Tanto más inesperado resulta que uno de los más valiosos testimonios de este tipo no sólo apenas aparezca citado en las interminables listas bibliográficas de la literatura sobre el nazismo, sino que ni siquiera cuente todavía con una traducción al alemán o al castellano. Me refiero a A Mind in Prison, las extraordinarias memorias que el físico de origen alemán Bruno Manz publicó en inglés en el 2000.

Como sugiere el título, la mente de Manz quedó aprisionada por el aparato ideológico y propEl soldado Bruno Manz en 1940agandístico del Tercer Reich, pero también por convicciones firmemente defendidas en su entorno familiar. Su padre era un nazi convencido de primera hora, y el amor que el niño Manz sentía por él facilitó la inoculación de su veneno ideológico. Las Juventudes Hitlerianas lo tuvieron fácil para hacer el resto. Más adelante, el apuesto soldado Manz acabó convertido en un entusiasta profesor que se encargaba, entre otras cosas, de adoctrinar a los soldados de la Wehrmacht en la ideología nazi.

Según parece, Manz tuvo la suerte de no verse directamente involucrado en delitos de sangre; sin embargo, fue sin lugar a dudas un criminal ideológico, una verdad sobre sí mismo que acabó aceptando con toda su dureza. El libro también describe con inusual honestidad el turbador proceso Bruno Manz en 1988de liberación ideológica al que tuvo que enfrentarse después de 1945. Entre otras cosas, y aunque le costó meses, acabó viéndose obligado a aceptar que los campos de exterminio no eran una mera invención de la propaganda aliada. Liberado al fin de su prisión mental, en 1957 Manz emigró a Estados Unidos y se acomodó en unas tierras antaño consideradas hostiles, llegando a adoptar la nacionalidad americana. Irónicamente, trabajó como físico en el programa de desarrollo de misiles del ejército de su nuevo país.

Cuenta Manz que, como en tantos otros hogares alemanes, en la entrada de su casa de Dortmund había una especie de altar doméstico. En el centro figuraba la bandera nazi; en la parte superior, un retrato de Hitler, y a los lados sendas imágenes de Goebbels y Göring. ¿Hay mejor prueba de hasta qué punto el nacionalsocialismo fue una auténtica religión política? Pues bien, escuchemos ahora el valioso testimonio de Manz:

altar doméstico naziLa imagen que representaba al Führer era una fotografía de perfil de poca calidad técnica que mi padre había comprado en el cuartel general nazi. Desde el principio mi padre estaba disgustado con esta foto, pero la puso en el altar a la espera de otra mejor. Lo más irritante era el pelo enmarañado de Hitler, que estaba lleno de misteriosas manchitas que parecían bastante antinaturales y creaban la impresión de que la foto había sido salpicada. [...] Aparentemente, la propaganda de Goebbels también estaba descontenta con la fotografía de Hitler, pues repentinamente ordenó que la foto fuera retirada de todas las tiendas y vitrinas. Pero no dio ninguna explicación, y fue entonces cuando los rumores se iniciaron. Según se decía, el Stürmer había iniciado una investigación, pero las conclusiones a las que había llegado eran de naturaleza tan delicada que no habría sido prudente imprimirlos. Tan sólo podían transmitirlos de boca en boca, y eso únicamente a personas de su mayor confianza. Fue así como acabamos conociendo la “verdad”: La patética fotografía de Hitler era una siniestra fabricación de los judíos. Con gran habilidad técnica, habían entretejido toda clase de rostros judíos en el cabello enmarañado de Hitler, a fin de hacerle notar que seguían siendo ellos los que controlaban la situación. ¡Ahora se nos habían abierto los ojos! Al darle la vuelta a la foto y verla desde distintos ángulos, “veíamos” toda una serie de caricaturas judías riéndose y burlándose en nuestra cara.

Estaba atónito. No estoy seguro de si mi padre se tomó el asunto tan en serio como yo, pero fue él quien indagó más profundamente en aquel siniestro complot. Cuando la conmoción ya había empezando a remitir, nos sorprendió durante la cena con una imagen que me produjo un escalofrío. Al poner la foto de Hitler al revés, me demostró que su oreja se convertía en una nariz judía, su mandíbula inferior en una frente calva, una mecha de pelo se transformaba en labios hinchados, etc. Ahora estaba verdaderamente aterrorizado. Si los judíos podían penetrar en el santuario más íntimo del Partido Nazi, ¿quedaría algo que no fueran capaces de hacer?

La súbita retirada de la foto de Hitler que tanto impacto causó en la población alemana obedece sin duda a medidas de control de imagen del Ministerio de Propaganda. El comercio con laos retratos del Führer se convirtió pronto en un gran negocio, por lo que proliferaban imágenes de pésima calidad, algo que se pretendía evitar a toda costa. Además, el fotógrafo personal de Hitler, Heinrich Hoffmann, poseía la exclusiva de la reproducción fotográfica del dictador. Cualquiera de estas razones explica sobradamente la confiscación de la imagen aludida por Manz, sin necesidad de recurrir a una teoría de la conspiración.

Pero en la moderna civilización occidental las teorías conspirativas siempre han tenido un gran predicamento. Reconozco que siempre me ha fascinado la extraordinaria eficacia con la que funciona su mecanismo argumentativo. Mediante la construcción de falsas cadenas causales, una teoría conspirativa nos permite revestir de razón lo que en realidad no es sino un prejuicio, un temor, un odio irracional o una mera sospecha. Sentimientos que, si los mostráramos en toda su desnuda irracionalidad y primitivismo, nos causarían vergüenza. Pero gracias a las teorías conspirativas, podemos arrogarnos una actitud racional y un escrutinio lógico; incluso nos sentimos orgullosos de nuestra inteligencia superior, pues ¿acaso no hemos sido nosotros los que hemos sabido ver las muecas judías en la imagen, mientras el ignorante resto de los mortales continúa viendo en ellas meras manchas formadas por azar?

Raros y valiosos testimonios como estos, aunque anecdóticos, nos permiten echar un vistazo a los mecanismos cerebrales del horror. Lo que importa no es tanto conocer las trágicas consecuencias de la barbarie, sino los simples y eficaces mecanismos mentales que, en un momento dado, pueden hacer de nosotros un bárbaro. En este sentido, Manz nos ha proporcionado un testimonio impagable.

viernes, 3 de julio de 2009

Charlie Rivel y el globo de Milá

Charlie RivelEstos días he estado leyendo la autobiografía del famoso payaso Charlie Rivel, deseosa de averiguar algo más sobre sus actuaciones en Alemania durante el Tercer Reich. Desgraciadamente, la información que Rivel nos proporciona es más bien escasa, pero la búsqueda me ha permitido abandonarme una vez más a la lectura de uno de mis géneros literarios favoritos. Nunca dejan de maravillarme el modo en que las autobiografías dan cuenta de las pequeñas mentiras o los grandes olvidos que necesitamos para construir nuestro yo, esa labor inconsciente de la memoria.

En sus memorias, Charlie Rivel registra algunos de los recuerdos de su padre, el fundador de la tradición circense de la familia. Al parecer, a finales del siglo XIX el progenitor de Rivel había actuado como acróbata aerostático con el circo del antaño célebre valenciano Joan Milá, alternándose con Antonio Martínez Latur (llamado "Milá hijo") en la práctica de uno de los números más estremecedores del arte circense de la época. Solía practicarse en una plaza de toros descubierta y consistía en hacer subir un globo aerostático con aire caliente del que pendía un trapecio en lugar de la cesta. Tracartel anunciando una ascensión en globo con trapecio en Zaragoza, 1883s despedirse ante el público de sus seres queridos a fin de incrementar el dramatismo, un valiente aeronauta se ataba al trapecio con una cuerda de seguridad y realizaba acrobacias diversas a gran altura mientras el globo ascendía lentamente por los aires y desaparecía en la lejanía. A medida que el aire se enfriaba, el globo iba bajando y solía depositar al trapecista a unos tres o cuatro kilómetros de distancia, donde un empleado del circo acudía a recogerlo.

La navegación en globo como espectáculo tiene una larga historia y en sus primeros tiempos no estuvo exenta de peligros. El aeronauta François Arban murió ahogado en Barcelona en 1849 cuando, tras ascender desde la plaza de toros de la Barceloneta a pesar del mal tiempo y a instancias de un público cada vez más impaciente, su globo se vio irremisiblemente arrastrado hacia el mar. Por lo visto, accidentes como éste no hicieron sino incrementar en la audiencia la sed de emociones fuertes. El temerario número del trapecista bajo el globo fue un invento del capitán Gréllon. Nació cuando las ascensiones en globo tradicionales, con cesta, se habían vuelto bastante habituales y empezaban a aburrir al público. El representante más famoso de esta especialidad en España fue el citado Joan Milá, a cuyo globo, por cierto, estuvo dedicada en 1884 la primera falla de la historia de Valencia:

El globo de Milá, falla de 1884
Pues bien: cuenta Charlie Rivel que un día de 1894 en el que no le tocaba ascender a su padre, sino a "Milá hijo", el tiempo era especialmente malo. Igual que le sucedió a Arban en 1849, el público no aceptó la suspensión del espectáculo, a pesar de los ruegos de Milá padre. "Hemos pagado y queremos ver ascender el balón, ¡es nuestro derecho!" Estimando las dificultades económicas que le supondría a la compañía devolver el importe de la entrada, el joven acróbata decidió ofrecer el espectáculo a pesar de las peligrosas rachas de viento.

Y sin esperar la respuesta de su padre, agarró el trapecio, ató la cuerda de seguridad a su muñeca y dió la señal a los hombres de la arena para que soltaran el balón.
Entonces la masa se inquietó de repente y sonó un grito colectivo. Escandalizados, los asistentes se ponían en pie. ¿Qué había pasado? Una cuerda de acero se había prendido de la pierna del joven Milá y, mientras el balón lo elevaba por los aires, la pierna le fue arrancada de cuajo. El balón continuaba ascendiendo con su víctima mientras la sangre caía sobre la plaza y sobre los aterrados espectadores, que ahora se dirigían entre gritos a la salida mientras trataban de limpiarse la cara ensangrentada.

Ya ven, por aquel entonces el público pedía sangre y esta vez la obtuvo con creces. El trágico final de Milá hijo causó sensación y generó coplillas populares como ésta:

El globo hinchado ya está,
para subirse Milá.
Ya hace la despedida,
la última de su vida.
Por última vez va a subir,
para muy pronto morir.
Un beso a su padre da,
el último ya.
Y cuando el globo se soltó,
Milá en un poste se hirió.
Cuando en el aire ya estaba,
casi muerto se encontraba.
La sangre a chorros caía,
por la herida que tenía.
La gente corre en tropel
al ver un lance tan cruel.
Su cuerpo recogieron
y sepultura le dieron.
Y aquí terminada está
la historia de Milá.

Extraña España la de entonces, sedienta de sangre y de espectáculo y capaz de inmortalizar el horror a posteriori con coplillas morbosas de ingenua simplicidad.

¿Realmente estuvo allí el padre de Charlie Rivel? ¿Y es verdad que también él realizaba el terrible número, por lo que bien habría podido ser la víctima? ¿O quizá tan sólo quiso impresionar a su hijo autoincorporándose al relato de un suceso acrobático tan notorio? En realidad, la muerte de Milá hijo tuvo lugar en 1889, y no en 1894 como escribe Rivel. Tampoco es cierto que Milá tuviera un circo. Y no he encontrado ninguna fuente que hable de algún acróbata distinto a "Milá hijo".

De entre todos los animales, sólo el hombre mata o da ocasión a que otros mueran por entretenerse. Aun así, el suceso suena a tiempos pasados, unos tiempos en los que, como ven, la vida de un acróbata valía menos que el precio de una entrada. ¿En qué momento hemos cambiado? ¿Fueron los ríos de sangre de las dos grandes guerras europeas las que nos pusieron en guardia contra la muerte como espectáculo, contra el falso heroísmo de los peligros gratuitos?