lunes, 28 de septiembre de 2009

Un cónsul en Barcelona

Hans KrollRecientemente una investigación me llevó a buscar documentos relativos a la Segunda Guerra Mundial en un archivo de Berlín. Concretamente, mi intención era ver los legajos del consulado alemán de Barcelona durante los años aciagos de 1933-1945. Como era de esperar, no encontré gran cosa. Las listas del personal de limpieza del consulado o el calendario de vacaciones, por ejemplo. O los formularios para la solicitud de salvoconductos que permitían el acceso de los miembros de la colonia alemana a su lugar de veraneo, generalmente Camprodón. (Por lo visto, antes de la revolución turística de los sesenta los alemanes preferían la montaña).

Puede haber miles de razones por las cuales un archivo esté vacío o no ofrezca la información que debería contener. Pero en este caso, la razón tiene nombre propio y se llama Hans Kroll.

Kroll, un diplomático de carrera, fue consejero en la embajada alemana de Turquía de 1936 a 1943. Según sus memorias, en este último año tuvo desavenencias con Franz von Papen, uno de los artífices de la "Anexión" alemana con Austria y por entonces embajador alHans Kroll, 'Memorias de un embajador'emán en Turquía. (Al parecer, Kroll le habría reprochado a Papen que hubiera seguido en su puesto de embajador a pesar de que sus mejores colaboradores y amigos hubieran sido asesinados por los nazis). Como castigo, fue supuestamente "arrinconado" en el puesto de cónsul general en Barcelona, un puesto que Kroll considera en sus memorias como "completamente apolítico", a pesar de la innegable importancia estratétiga de España durante la guerra y de su delicada posición en el panorama internacional.

A finales de 1945, cuando las presiones aliadas a España para forzar la entrega de ciudadanos alemanes afines al régimen nazi se hicieron demasiado intensas para seguir ignorándolas, muchos alemanes residentes en España trataron de huir a Hispanoamérica o al Norte de África. Kroll nos cuenta que
se hacían crecer la barba, adoptaban nombres falsos o incluso se ofrecían a las autoridades aliadas como agentes o informantes. A mí esta actitud me parecía indigna y me decidí a regresar a la patria a cualquier precio, incluso a costa de ser internado.
Kroll era amigo del gobernador civil de Cataluña, Antonio Correa Veglison --llamado por algunos "el siniestro Correa"--, y éste le prometió que tanto él como su familia y sus colaboradores podrían quedarse en España "hasta que se hubieran aclarado las circunstancias en Alemania". "Ningún español --le dijo Correa-- podría conciliar con su honor el dejar en la estacada en medio de una gran desgracia a sus viejos amigos alemanes que tanto habían ayudado a su patria en horas difíciles". Aun así, a finales de enero de 1946 Kroll fue detenido y tuvo que pasar una sola noche en el calabozo por orden de Madrid. Su amigo Correa acudió al día siguiente a rescatarlo y pedirle disculpas:
A Correa, este hombre honrado y probo español, este incidente le resultó tanto más embarazoso cuando supo que, tras el hundimiento, yo había destruido todos los documentos, incluidas las invitaciones y tarjetas de visita, que habrían podido incriminar a mis amigos españoles ante los vencedores aliados.
Pues bien, ahora ya sabemos por qué el archivo del consulado alemán de Barcelona apenas conserva documentos de interés. Y también el motivo por el que seguramente no sabremos nunca quiénes eran los topos que la Gestapo tenía en la policía franquista, gracias a los cuales los agentes alemanes estaban siempre al corriente de las detenciones de refugiados y disidentes afectuadas en la frontera.

En 1946, Kroll fue conducido al centro de internamiento del ejército americano en Hohenasperg. "La recepción por parte de las autoridades ocupantes americanas no fue amable en absoluto", se queja Kroll. "La alimentación era monótona". Además,
Fortaleza de Hohenasperg
por primera vez en la historia de la diplomacia moderna, se había internado a miembros del servicio diplomático alemán, haciendo caso omiso de la inmunidad diplomática antaño siempre respetada. Hicimos saber a la dirección americana del centro que en este sentido estaban actuando con mayor severidad que el mismo Hitler.
Resulta curioso que Kroll se mostrara tan escandalizado ante el trato recibido en un momento en que el mundo entero ya conocía los horrores de Auschwitz.

Pero si piensan que la actitud y los puntos de vista de Kroll, publicitados sin ambages en su autobiografía, perjudicaron de algún modo su carrera en Alemania, se equivocan. Nada más terminar la guerra, y tras haber testificado contra Von Papen en el Proceso de Núremberg, Hans Kroll militó en el Partido Cristiano-Demócrata (CDU) y fue nombrado embajador de la R.F.A. en la URSS en 1958. Se jubiló como consejero del gobierno alemán.

Hans Kroll (centro) en Moscú en 1959
Sin embargo, a pesar de su empeño, Kroll no logró destruirlo absolutamente todo. Su afán depurador no tuvo alcance suficiente para llegar al archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Allí encontré un telegrama firmado por él y enviado a Berlín el 5 de octubre de 1942 . Se trataba de un ciudadano austriaco residente en Barcelona llamado Walter Pennecke, sospechoso de militar en un comité para la liberación de Austria. No hay pruebas contra él, pero, como nunca se sabe, Kroll estima adecuado actuar preventivamente, así que encuentra una solución que revela mucho sobre su verdadero talante: "Pondremos a Pennecke en manos de la policía española, argumentando falsamente que ejerce actividades comunistas". No es necesario precisar las consecuencias que podía tener en la España de 1942 ser acusado de "rojo" por tan alta instancia.

Teniendo en cuenta que la autobiografía de Kroll apareció en 1967 en una editorial alemana seria --es decir, no de extrema derecha-- y que no suscitó controversias de ningún tipo, se hace patente hasta qué punto, aun con todos sus defectos, resultaba necesaria para la sociedad alemana la revolución ideológica del 68.

domingo, 20 de septiembre de 2009

El cementerio judío de Berlín


Desde luego, no sólo los años de 1945 y 1989 fueron pródigos en suicidios debidos a un cambio radical de paradigmas en la sociedad alemana. También los grandes cambios de 1933 y los años que siguieron fueron ricos en muertes autoinducidas. La persecución y las deportaciones sometieron a la población judía alemana a tal presión que muchos refirieron ejercer un último gesto de libertad y decidir por su propia mano el momento de una muerte que tendría lugar igualmente y de una forma mucho más atroz. De entre todos ellos, casi dos mil fueron enterrados en el que ahora es el cementerio judío más grande que se conserva en Europa: el de Berlín-Weissensee.




Personalmente, ningún museo, ningún memorial y ningún campo de concentración ha logrado transmitirme nunca con tanta intensidad las verdaderas dimensiones del Holocausto como este lugar, por otro lado tan tranquilo, bello y apacible. Es posible pasear durante horas por sus 42 hectáreas y más de cien mil tumbas situadas casi en pleno centro de Berlín sin encontrarse con otro ser humano, a excepción de algún jardinero o empleado municipal.

La razón es evidente: a diferencia de los cementerios cristianos alemanes, con su permanente cohorte de viudas y huérfanos de visita, aquí apenas quedan supervivientes que perpetúen con su presencia viva el recuerdo de los difuntos. Y si los hay, suelen estar demasiado lejos, en puertos salvadores del exilio como Estados Unidos, Argentina o Israel. Sólo muy de vez en cuando la tradición judía de depositar un guijarro sobre la lápida de los parientes difuntos atestigua el paso de algún descendiente vivo venido desde algún lugar remoto. Es el caso por ejemplo, de Bertha Levy, fallecida en 1941 y cuyo esposo e hijos, según anuncia la lápida, murieron en fechas desconocidas en un campo de concentración innominado ('umgekommen im K.Z.'):

En 1942 el Tercer Reich convocó la llamada "acción de los metales" con la que pretendía reanimar su industria armamentística y hacer frente a las dificultades de suministro de materias primas. Las tabernas ofrecieron los tubos metálicos de sus espitas de cerveza, las amas de casa llevaron sus cacerolas de cobre y las iglesias sacrificaron las campanas, pero en el cementerio judío nadie pidió permiso. Las cadenas ornamentales y las placas conmemorativas de hierro y de bronce fueron arrancadas a la fuerza de las tumbas:












Aún hoy pueden apreciarse las columnas de mármol derribadas o las lápidas sacadas de su sitio por efecto de esta acción:

Irónicamente, en este mismo cementerio también yacen, con las lápidas perfectamente alineadas como soldaditos de piedra, cientos de judíos que cayeron durante la Primera Guerra Mundial y que dejaron inútilmente la vida en nombre de una patria alemana que consideraban suya, como este "aspirante a oficial" llamado Hans Segall, muerto en 1917 sin las charreteras que probablemente deseara:












En mi opinión, la tremenda ruptura de la tradición judía en Alemania queda puesta de manifiesto en este cementerio que, a diferencia del memorial de Auschwitz, apenas tiene visitantes. Éste es el lugar simbólico de la gran cesura, de la interrupción criminal, de la gran tragedia, piadosamente cubierta por el manto de hiedra que invade y tapa las tumbas desde hace más de medio siglo. Por debajo de su manto verde se adivinan los nombres olvidados.

lunes, 14 de septiembre de 2009

De guerras, suicidios y bellezas inesperadas


Gracias a una beca de investigación, tuve la suerte de pasar unos meses en la ciudad turingia de Weimar (ex-RDA) pocos años después de la caída del muro. En una librería de viejo entablé conversación con el librero y le pregunté por la autora de unos cuadros que también se ofrecían a la venta. "Son de una mujer prometedora y de gran talento --me dijo--. Se suicidó el año pasado". Y entonces, bajando un poco la voz como quien va a contar un secreto, me habló del gran número de suicidios que el gran cambio económico y político de 1989 habría provocado entre los ciudadanos de la antigua Alemania del Este, exponiéndome varios casos concretos. Es posible que el librero, a todas luces un adepto al régimen anterior, exagerara. Por otro lado, la naturaleza delicada del tema hace comprensible que éste apenas sea debatido en la nueva Alemania y que tampoco se hayan realizado estadísticas.

Guardando las insalvables distancias, la psicología colectiva de 1989 guarda algunas semejanzas con la de 1945: No resulta sorprendente que muchos ciudadanos no encontraran el modo de adaptar su existencia a un cambio social de tan gran envergadura y que, presos de la inseguridad o del miedo, optaran por la salida más extrema. En un país en el que el adoctrinamiento ideológico llegó a controlar hasta los más últimos resquicios de una sociedad, tener que aceptar que esa cosmovisión tan intensamente rAlmirante Hans-Georg von Friedeburg tras envenenarse en mayo de 1945ecibida --y en muchos casos asimilada y jaleada-- ha perdido completamente su vigencia abocó a muchos alemanes a una dura crisis moral. No todos consiguieron desprogramarse poco a poco como lo hiciera Bruno Manz, de quien les hablé en una entrada anterior, y optaron por el suicidio. Según varios testimonios de finales de la guerra, la demanda de veneno, pistolas u otros medios aptos para poner fin a la propia vida fue enorme. El temor a las represalias aliadas fue uno de los motivos que llevó al suicidio a miles de funcionarios, políticos y nazis convencidos, que muchas veces también se llevaban consigo a sus familias.

Un motivo frecuente de suicidio para cientos de mujeres de la Alemania oriental fue el pánico a la entrada de los rusos, sin duda justificado, pero también desmedidamente exagerado por las autoridades nazis. Según la anónima autora de un Una mujer en Berlín, hubo un edificio de viviendas en la capital alemana que los rusos evitaron por pura superstición y que gracias a eso ofreció un refugio seguro a sus habitantes. El motivo es que, nada más entrar, los soldados enemigos encontraron a una familia entera envenenada y, en la segunda planta, a otra que había puesto fin a su vida colgándose de las vigas del techo. Los residentes vivos dejaron aquellos cadáveres tal y como estaban a fin de poder seguir contando con ese inesperado talismán al menos por unas semanas más.Mujer de Suhl que se suicidó con un disparo tras matar a sus dos hijos

Pero a veces bastaban la simple desesperanza y el temor a un futuro incierto, como en el caso de la mujer de la localidad turingia de Suhl que muestra la foto y que se llevó también a la muerte a sus dos hijos.

Suscita sentimientos encontrados descubrir que, entre tanta desgracia, también puede hacer acto de presencia la Belleza. Así me lo pareció cuando descubrí por primera vez la imagen que la fotógrafa de guerra Lee Miller tomó de la hija del tesorero de la ciudad de Leipzig, que se había envenenado en 1945 junto a su familia:


La fría mano de la muerte no le ha restado ni un ápice de belleza a esta mujer, a pesar de la humildad de su abrigo gris demasiado holgado y de los rotos del sofá en el que su cuerpo yace como desmayado. El gesto decoroso de sus manos y sus facciones adormecidas aparecen iluminadas por los rayos de un Sol de primavera que invade la escena sin inmutarse ante el insignificante dolor humano... Esta fotografía ratifica la sentencia de Edgar Allan Poe, según la cual no hay tema más apto para la poesía que la muerte de una mujer joven.

No resulta difícil asociar esta imagen fotográficamente arrebatada a la realidad con otra que ilustra pictóricamente un momento imaginario, pero con la que guarda un inquietante parecido. Me refiero a la extraordinaria Ophelia del pintor prerrafaelita John Everett Millais:

'Ophelia' de John Everett Millais, 1852-53
La de Lee Miller no fue la única mirada que captó aquella escena trágica de Leipzig. También lo hizo otra gran reportera de guerra, Margaret Bourke-White, cuyas memorias --que como tantas otras joyas literarias están todavía a la espera de encontrar un editor en España-- merecen una tratamiento futuro en este blog. (Debo a mi amiga Elena Llorens esta valiosa referencia). Como verán, la mirada fotográfica de Bourke-White es distinta. Menos enamorada de la estética, capta la escena en su conjunto, sin dejar fuera de ella algunos elementos trágicos e incluso un poco grotescos:


Fíjense en el reloj detenido --viejo símbolo de la muerte--, en el polvo que el tiempo ha ido depositando sobre la mesa y en el cargante ambiente aburguesado en el que residía esta infortunada familia, que parece asfixiar a quien la contempla casi tanto, si cabe, que la tragedia que se desprende de ella.

sábado, 5 de septiembre de 2009

De nuevo Ruhleben y la Primera Guerra Mundial


Este verano he estado en Berlín. Mis visitas al archivo histórico del Ministerio de Asuntos Exteriores Alemán me han llevado a ser una usuaria frecuente de la línea de metro U-2 cuya parada final era, precisamente, Ruhleben, a cuyo campo de internamiento de civiles dediqué mi entrada anterior. Resultaba casi inevitable que un día decidiera dejarme llevar por el vagón de metro hasta la estación final, a fin de ver con mis propios ojos qué había sido de aquel lugar. Villano aquél que encuentre en ello algún simbolismo, pero el caso es que allí donde antes se ubicaba el campo de prisioneros se encuentra ahora una de las incineradoras de basura más grandes de Europa:


Pero ésta no fue la única sorpresa relacionada con la Primera Guerra Mundial que me ha proporcionado este viaje a Berlín. En una sala recóndita del descomunal Museo Etnológico de Dahlem había una vitrina dedicada a la valiosa colección de material fonográfico que conserva el museo. Entre otros aspectos, se ofrecía información sobre la Comisión Fonográfica Real Prusiana, fundada en 1915 bajo los auspicios del Ministerio de Cultura de Prusia. La función principal de esta comisión consistía en registrar fonográficamente la lengua y la música de los prisioneros de guerra extranjeros que Alemania custodiaba en los campos de concentración creados al efecto.

Los ejércitos francés e inglés habían incorporado a sus filas a soldados procedentes de las colonias, por lo que a Alemania se le ofrecía la rara oportunidad científica de estudiar a pueblos africanos o asiáticos que de otro modo difícilmente habrían penetrado en su territorio. Uno de los objetivos era el de efectuar investigaciones de antropología racial destinadas a confirmar determinados prejuicios colonialistas y a destacar la otredad del enemigo, para cuyo fin muchos de los prisioneros fueron instados, entre otras cosas, a posar desnudos ante una cámara.

La idea de la Comisión Fonográfica, por su parte, era la de crear un "museo de voces de los pueblos" gracias a los representantes de estos grupos étnicos. Grabación de música tártara en un campo de prisioneros de Frankfurt am Oder en 1915 Para ello acudieron a 175 campos de prisioneros --¿estaría Ruhleben entre ellos?-- y, con un celo caracterís- ticamente germánico, grabaron 1650 discos para las lenguas y dialectos y 1020 cilindros de cera para la música. Las tomas fueron rigurosamente documentadas con expedientes que incluían una ficha personal y una fotografía del hablante y/o cantante. Aquí vemos la lista de los grupos étnicos analizados, en la que, curiosamente, los catalanes --kathalanisch-- aparecemos entre los pueblos del Cáucaso, junto a los georgianos, y no entre los sureuropeos. (Parece ser que unos mil voluntarios catalanes lucharon contra los imperios centrales en la Gran Guerra):


No hay duda de que estas pistas sonoras tienen un gran valor documental. Gracias a los prisioneros griegos del campo de Görlitz podemos encontrar, por ejemplo, la grabación más antigua de buzuki jamás realizada. Sin embargo, los 6500 soldados griegos de Görlitz se habían entregado voluntariamente y gozaban de un estatus especial, por lo que es de suponer que aceptaron participar en los experimentos sonoros de sus "anfitriones" alemanes. ¿Hasta qué punto fue así con los rusos, tártaros, armenios, bereberes, polacos, malayos y africanos, entre muchos otros, que malvivían entre las alambradas de aquellos campos? El internado civil de Ruhleben O'Sullivan Molony recuerda las condiciones que imperaban:

Tuve disentería, diarrea, tifus y otras enfermedades. Desde finales de 1914, ni una sola gota de leche fresca pasó por mis labios; desde mediados de 1915 no probé carne o algo que se le pareciera; desde mediados de 1916 tenía que hacer estiramientos después de cada comida a fin de aliviar los retortijones que sentía (y cuando digo "comida" me refiero a una pequeña porción de pan o patatas).

Así vemos cómo en nombre del conocimiento científico y de la Cultura los prisioneros de guerra fueron deshumanizados y convertidos en simple "material científico". Quiero pensar que la circunstancia de que las grabaciones de la Comisión Fonográfica se efectuaran bajo el más estricto secreto denota, al menos, cierta mala conciencia.