lunes, 26 de octubre de 2009

La muerte de Hitler en El hundimiento


Imagino que casi todos los lectores de este blog han visto la célebre película El hundimiento, de Oliver Hirschbiegel, y se habrán dejado llevar, como yo, por la fascinante ilusión de ser testigos imparciales de uno de los episodios más terribles y grotescos de nuestro malogrado siglo XX. La aparente autenticidad documental del filme, que contó con el asesoramiento de historiadores de la talla de Joachim Fest, contribuye a afianzar la sensación de no estar viendo una película, sino un pedazo de historia. En ella, según venía a decir el mensaje promocional, no hay mitos, sino sólo testimonios. Ni siquiera Hitler aparece como un monstruo, sino como lo que verdaderamente fue, por muy mal que nos pese: un ser humano como nosotros, con todas sus miserias y flaquezas.

Sin embargo, ¿realmente es así? Les sugiero que comparen conmigo algunas escenas.

El Hundimiento no es precisamente una película que escatime en sangre, cadáveres y escenas duras, tal como no podía ser de otro modo dada la apoteosis de violencia que acompañó la caída del Tercer Reich. Vean, por ejemplo, la muerte en directo de este muchacho de las SS:

video

Si todavía tienen humor, vean ahora la muerte de Joseph Goebbels y de su esposa Magda:

video

¿Qué habrá hecho Goebbels para merecer que, a diferencia de lo que sucede con el muchacho de las SS, la cámara se aparte discretamente de él en el momento del disparo? Vean ahora cómo muere el protagonista indudable de la película:

video

¿No les parece curioso que Hitler muera tras una puerta cerrada y que su cadáver sea el único que se le muestre al espectador piadosamente cubierto por una manta? El cineasta alemán Wim Wenders parece haber sido el primero en altertar sobre este detalle en el semanario Die Zeit:

Del mismo modo que Hitler se da la vuelta cuando muere su perra Blondie, la película se aparta en el momento en que muere el Führer. […] ¿Por qué no mostrar que ese cerdo, por fin, ha muerto? ¿Qué clase de proceso de represión se desarrolla ahí ante nuestros ojos?

Algunos detalles específicos de la muerte de Hitler todavía están por aclarar: ¿Se suicidó pegándose un tiro en la sien –esta sería la versión más “heroica”— o se envenenó primero con ácido prúsico y se disparó después? ¿O sólo tuvo valor para tomar veneno, haciéndose disparar después por una tercera persona? No obstante, estas dudas no bastan para justificar que la película ni siquiera nos muestre el cuerpo difunto del dictador, por lo demás descrito con soberbia precisión en el ensayo histórico de Joachim Fest El hundimiento sobre el que se basó en gran medida el filme:

Hitler estaba sentado en el sofá de tela floreada, con los ojos abiertos, el cuerpo desplomado y la cabeza algo inclinada hacia delante. La sien izquierda estaba perforada por un orificio del tamaño de una moneda por el que había salido un hilo de sangre…

Si la película pretendía mostrar por fin a un Hitler humano, tal como han afirmado repetidamente sus responsables, nos debía la visión de sus despojos. Acaso la habríamos intercambiado de buen grado por la de tantos cuerpos de civiles amputados, ensangrentados o carbonizados por las bombas con la que la cinta nos atormenta justificadamente.

La ironía de este cadáver ausente aumenta si se tiene en cuenta que las primeras investigaciones realizadas en 1945 sobre los últimos días de Hitler en el búnker, valiosos testimonios de primera mano sin cuya documentación esta película jamás se habría podido realizar, se efectuaron precisamente con el único fin de demostrar la muerte del Führer. En efecto, en noviembre de 1945 un joven miembro del servicio de inteligencia militar británico, Hugh Trevor-Roper, recibió un encargo que determinaría su carrera de historiador: viajar a Alemania y documentar todos los detalles relativos a la muerte del dictador a fin de confirmarla definitivamente. Se trataba sobre todo de desmentir la posición de Stalin, según la cual Hitler seguía vivo y bajo la protección de Occidente.

Por aquel entonces, las especulaciones sobre las circunstancias de la desaparición de Hitler eran numerosas y dispares: los más fieles le suponían una muerte heroica en defensa de Berlín, mientras otros alegaban haber visto cómo lo asesinaba un grupo de oficiales en el Tiergarten. Quienes lo suponían con vida, lo imaginaban en una brumosa isla del Báltico, en una fortaleza renana, en una hacienda de Sudamérica o protegido personalmente por Franco en un monasterio español. Estas especulaciones no eran nada convenientes para los países occidentales en el nuevo contexto de la Guerra Fría, en el que interesaba dar carpetazo al nazismo cuanto antes. Pero para eso, obviamente, había que demostrar sin género de dudas que su principal impulsor era un fiambre. En 1947 el resultado de las pesquisas de Trevor-Roper salió a la luz en forma de un fascinante clásico de la historiografía, Los últimos días de Hitler, que el autor amplió y corrigió a cada nueva edición --la última de 1995--, recogiendo los numerosos datos nuevos que han ido saliendo a la luz gracias sobre todo a la apertura de los archivos soviéticos.

Como anécdota final, cabe recordar que en 2002 apareció un pedazo del cráneo de Hitler que, según parece, le habría sido enviado a Stalin en 1946, junto con unos pedazos de la tapicería ensangrentada por el disparo. En él se aprecia claramente el orificio de bala:

supuesto pedazo del cráneo de Hitler
Tras aplicar para su estudio las más modernas técnicas forenses, el criminólogo alemán Mark Benecke constató sin lugar a dudas que el orificio responde a un agujero de bala y, si bien no pudo comprobar la presencia de restos de veneno, no descarta que existieran.

Con la aparición de este fragmento de hueso en los archivos secretos rusos podría darse finalmente por zanjado el zarandeado debate sobre la muerte de Hitler... Si no fuera porque la prueba del ADN recientemente realizada por el arqueólogo norteamericano Nick Bellantoni ha demostrado que se trata del cráneo de una mujer.

Hitler habría quedado entusiasmado al ver hasta qué punto queda perpetuado su mito.

domingo, 18 de octubre de 2009

El primer atentado terrorista de la historia alemana

Karl Ludwig SandEl primer atentado terrorista de la historia de Alemania tuvo lugar el 23 de marzo de 1819. Tengan paciencia, pues merece la pena examinar este caso con detenimiento.

Karl Ludwig Sand, el terrorista de nuestra historia de hoy, fue uno de los 468 estudiantes que participó con patriótico entusiasmo en una célebre quema de libros que tuvo lugar el 18 de octubre de 1817 en la Wartburg, la fortaleza que había dado cobijo a Lutero. Para entonces, Napoleón ya había sido dCastillo de Wartburgerrotado, dejando atrás a una incipiente nación alemana llena de esperanzas de futuro que el reaccionario Congreso de Viena aún no había conseguido ahogar por completo. Los estudiantes celebraban tanto la victoriosa Batalla de Leipzig, acontecida cinco años antes, como el 300 aniversario del día en que, según cuenta la leyenda, Lutero clavó sus revolucionarias tesis en la puerta de la iglesia palaciega de Wittenberg. Y, al igual que Lutero quemó en su día la bula de excomunión papal, en su gran auto de fe estos jóvenes estudiantes quemaron, entre otras cosas, el Código de Napoleón.

El 10 de mayo de 1933, por cierto, los estudiantes nazis se remitieron a este día cuando lanzaron a la hoguera, entre otras, las obras de Sigmund Freud, Stefan Zweig y Lion Feuchtwanger. Curiosamente, esta serie de quemas que se siguen en el tiempo muestra con gran fuerza simbólica la sucesión de los principales “enemigos” a los que creyó tener que enfrentarse Alemania en el transcurso de su historia y en torno a los que construyó en gran medida su identidad nacional: la Roma papal, la Francia napoleónica y el judaísmo internacional.

August von KotzebueEntre las obras que se quemaron en la Wartburg en 1817, con la aquiescencia entusiasta del joven Sand, figuraba la Historia del Imperio alemán de un prolífico autor teatral de gran popularidad, pero hoy prácticamente olvidado: August von Kotzebue. El joven Sand empieza a obsesionarse con este autor, que parece representar todo lo que esta generación de frustrados patriotas más detestan. Las malas lenguas lo acusaban equivocadamente de ser un espía del odioso zar de Rusia, así como de delatar a los intelectuales liberales alemanes ante la implacable policía de Metternich. Además, en el Semanario literario que dirige, el rusófilo Kotzebue tenía la desfachatez de dar a conocer canciones de cosacos y baskires, como si los productos de la pluma de esos pueblos paganos fueran mejores que los gloriosos frutos del folklore alemán. Pero, sobre todo, se le acusaba de laxitud moral. Aficionado a los finales felices, en sus obras teatrales Kotzebue permitía que las adúlteras o madres solteras fueran perdonadas, en lugar de obligarlas a cometer suicidio o de ejecutarlas virtualmente. De este modo, la castidad, considerada ya desde Tácito una de las virtudes por excelencia de la mujer alemana, corría un grave peligro. En definitiva, Kotzebue, con su literatura popular, estaba atacando los fundamentos de lo que en estos momentos constituía todavía la única columna en pie de la construcción nacional alemana: la Cultura. A ojos de los patriotas alemanes, sus obras debilitadoras del arte y de la moralidad de su nación justificaban que, como un nuevo Sócrates, Kotzebue fuera acusado de “pervertidor de la juventud”.

En mayo de 1818 Sand escribe en su diario, una detrás de otra, dos frases que serían incompatibles en cualquier contexto ideológico distinto al alemán del momento:

Nuestro hombre divino, Cristo, nuestro Señor, es la imagen de una humanidad que tiene que ser eterna, bella y alegre. Pensándolo bien, muchas veces se me ocurre que alguien debería tener el valor de hincarle la espada en el mesenterio a Kotzebue o a cualquier otro de los traidores de la patria.

Seis meses después, Sand conoce en la universidad al profesor de filosofía Jakob FriedrJakob Friedrich Friesich Fries, un notorio antisemita, y a Karl Follen, fundador de una Sociedad Alemana de Lectura para la Consecución de Objetivos Patrióticos. En los panfletarios textos de Fries, la exigencia de autosacrificio patriótico va unida a la necesidad de venganza contra los traidores a la patria, ya que la justa venganza es un signo inequívoco de una sociedad fuerte y sana. Follen es aún más radical. En su opinión, es éticamente correcta cualquier acción –incluso el asesinato--, siempre y cuando se ejecute con absoluta convicción y por libre voluntad. Follen, décadas antes de que lo hiciera Nietzsche y sin que se hubiera firmado todavía la partida de defunción de Dios, ya estaba anticipando una estética de la voluntad que los estudiantes de Jena enseguida harían suya.

Antiguo traje alemánLa citada Sociedad de Follen era una asociación nacionalista y liberal cuyos miembros llevaban el “antiguo traje alemán”: sobrias vestiduras negras inspiradas en la época de Lutero con las que pretendían tanto imponerse a la moda Imperio que habían difundido los odiados franceses como exhibir públicamente las ideas que profesaban. De esta asociación surgirían las principales fraternidades estudiantiles alemanas, generalmente compuestas por jóvenes veteranos de la guerra antinapoleónica y que destacaban, con pocas excepciones, por un nacionalismo virulento –aunque democrático--, un vehemente antisemitismo y una desmedida afición por los duelos y la gimnasia.

Karl FollenFollen convence a Sand de que, una vez se ha alcanzado la convicción de que una acción es justa, ejecutarla se convierte en un deber absoluto. ¿No forma esta covicción parte de todo decálogo terrorista? En su diario, Sand le da las gracias a Dios con vehemencia por esta iluminación inducida. Y, como está absolutamente convencido de que Kotzebue debe morir, se hace fabricar en Jena según sus indicaciones un puñal de gran tamaño y acude de oyente a las clases de anatomía de la universidad a fin de averiguar exactamente dónde se encuentra el corazón humano. Los conocimientos que va adquiriendo los pone por escrito en un texto que titulará Puñalada mortal para August von Kotzebue, en el que, de paso, expone sus principios para la renovación de Alemania. Una vez haya terminado su misión, pretende clavar este panfleto, a la manera luterana, en la puerta de una iglesia con uno de los dos puñales que habrá empleado para el ataque. Curiosamente, el objetivo final de Sand es culminar con su acción la reforma luterana, que en su opinión ha quedado abortada por “las cadenas del papado y del arbitrio de los soberanos”.

Cuando por fin se pone en camino, Sand lleva en el bolsillo el Evangelio de san Juan y una edición de los poemas bélicos de Theodor Körner. Unos días después, al mediodía, se encuentra frente a la casa de Kotzebue en Mannheim. Cuando es recibido por el escritor, Sand, al grito de “¡traidor de la patria!”, le clava el puñal en el pecho con tanta violencia que consigue atravesarle de una sola estocada el abrigo, un chaleco, dos camisas, otra camisa interior de lana, la cuarta costilla, el pulmón, el pericardio y la arteria pulmonar. Kotzebue cae en redondo, y cuando Sand se da la vuelta, ve en el umbral de la puerta a un niño de cuatro años, hijo de la víctima, que había entrado justo antes. El niño llora.
Asesinato de KotzebueSand, asustado, se clava el segundo puñal, más pequeño, pero esta vez la hoja apenas si penetra unas pulgadas. Herido, baja corriendo las escaleras mientras el alborotado servicio doméstico atiende a Kotzebue. Tan sólo la cocinera ve huir a Sand y sale en pos de él, pidiendo ayuda. Unas mujeres aterrorizadas lo miran desde la ventana. Tras entregarle su Puñalada mortal para August von Kotzebue a un criado que acaba de abandonar la casa para llamar a la guardia, exclama a voz en grito:

¡Sí, he sido yo! ¡Así es como han de morir todos los traidores! ¡Viva mi patria alemana!

y, tras caer de rodillas, añade:

¡Te doy las gracias, Señor, por esta victoria.


Dicho esto, vuelve a clavarse el puñal en el pecho y cae inconsciente. Una comadrona que ha acudido alertada por los gritos trata de socorrerle limpiando la herida con vinagre (vinagre, por cierto, que acababan de darle en casa de los Kotzebue). Aun así, Sand sobrevive a las heridas autoinfligidas. En la cárcel se le otorga el privilegio de permanecer en su celda sin tener que llevar cadenas. El 5 de mayo de 1820, el tribunal de la Corte de Mannheim lo condena a muerte, y la ejecución se celebra quince días después.
El 'héroe' Sand es llevado al cadalso
Ejecución de Karl Ludwig SandSand no pasaría de ser una anécdota estremecedora, pero de escasa importancia, si no fuera porque el espíritu de la época convirtió a este redomado terrorista en un héroe y, desde el día de su ejecución, en un nuevo mártir de la causa alemana. Convertido en símbolo de la unidad y libertad alemanas, las multitudes sollozaron a su muerte, cortaron rizos de sus cabellos, desprendieron virutas del cadalso y tiñeron pañuelos en su sangre para conservarlos como reliquia. Su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación, y apenas había flores que acertaran a crecer en ella, pues todas acababan en manos de los visitantes. Durante años se hizo apología del martirio de Sand en poemas, canciones y novelas. Ludwig Börne incluso llegó a definir el asesinato de Kotzebue como el punto en el que cristalizó la historia moderna de los alemanes.

Por lo demás, bien se puede decir que a Sand le salió el tiro por la culata, al menos por lo que respecta a sus objetivos unificadores y democráticos. El sonado suceso le vino a Metternich como anillo al dedo para imponer las severas medidas represivas con las que soñaba desde hacía tiempo, así que lo tomó como pretexto oficial de los Acuerdos de Karlsbad. Como consecuencia, y hasta la revolución de marzo de 1848, el inspirador Karl Follen acabó en el exilio, las fraternidades estudiantiles pasaron a la clandestinidad, la gimnasia quedó prohibida, los periódicos, censurados, los “demagogos” liberales, encarcelados, y todos los antiguos trajes alemanes desaparecieron como por ensalmo de las calles alemanas. No, sin embargo, de las cabezas.

(Texto publicado anteriormente, con algunas alteraciones, en El misterioso caso alemán)

lunes, 12 de octubre de 2009

Chocolate en Auschwitz


A mediados de 1940, un matrimonio judío ortodoxo apellidado Reichmann atravesó Francia en un camión alquilado junto con sus seis hijos y una muchacha húngara a la que habían recogido en París. Llegaron hasta Bayona horas antes de que los alemanes ocupantes cerraran la frontera. Contra todo pronóstico, las autoridades fronterizas españolas facilitaron su viaje a Madrid, donde los Reichmann esperaban obtener los papeles necesarios para adquirir la residencia en España. Sin embargo, la falta de una comunidad judía establecida y de las instalaciones kosher adecuadas los impulsaron a continuar viaje hasta Tánger, donde residía una numerosa comunidad de judíos sefarditas. El estatus especial de esta ciudad, codominada por nueve países distintos hasta que pasó a dominio español en 1940, hacía posible que en ella no imperaran las restricciones y la escasez de alimentos que estaban atenazando a una Europa en guerra. La matriarca de los Reichmann, Renée, decidió hacer uso de esta situación privilegiada para ayudar a sus correligionarios judíos que habían corrido peor suerte y permanecían atrapados en la telaraña nazi.

Renée Reichmann (dcha.) con su hija Eva en Tánger, 1946Bajo las órdenes de Renée, los Reichmann empezaron por enviar alimentos al gueto de Varsovia. Más adelante, tras obtener listas de judíos deportados a diversos campos de concentración gracias a una de las llamadas secretarias de la muerte (mujeres gentiles que se ocupaban, voluntariamente o no, de confeccionar las listas de deportados), Renée Reichmann decidió ampliar su radio de acción. Con el apoyo económico que solicitó a los judíos más pudientes de Tánger y a familiares norteamericanos, y con la ayuda activa de sus hijos, se embarcó en un proyecto que alcanzó dimensiones descomunales. A ritmo de cadena de montaje, empaquetó diariamente cientos de paquetes con alimentos. Según su hijo Albert, en 1943 sólo la familia Reichmann envió a judíos desconocidos de europa 4.000 paquetes cada dos semanas, cifra que llegaría a duplicarse posteriormente.

La familia Reichmann preparando paquetesDe este modo llegaron a cubrir al menos en parte las tareas de las que en justicia debería haberse ocupado la Cruz Roja Internacional, con sede en Suiza. Aunque los Reichmann solicitaron el apoyo de la institución, los empleados de la CRI se negaron a cooperar. Irónicamente, criticaron que los productos, presumiblemente españoles, que enviaban los Reichmann no cumplían con su elevado estándar sanitario: algunas de las latas de sardinas y olivas estaban manchadas o tenían algún defecto. Además, los judíos prisioneros no entraban oficialmente bajo la calificación de "prisioneros de guerra" y, por tanto, no caían bajo la jurisdicción de la CRI (a diferencia de la Cruz Roja Española, que, curiosamente, les concedió este estatus dos años antes de que lo hiciera la CRI y se avino, además, a cubrir los gastos de envío de los paquetes):


Pueden leer completa la historia de los Reichmann en el interesante ensayo que la investigadora Trudi Alexy ha dedicado a explorar las complejas relaciones históricas entre el judaísmo y España.

Sin lugar a dudas, la obcecada inicativa de Renée Reichmann merece admiración y respeto. No obstante, parece inevitable preguntarse si estos paquetes llegaron jamás a su destino. La decisión de entregar o no los envíos a los prisioneros estaba en manos de los comandantes respectivos de cada campo. Existen testimonios de reclusos que alegan no haber visto nunca ni un solo de los paquetes que les habían enviado sus familias, o que los habían recibidos vacíos. En tiempos de guerra, las latas de alimentos constituyen una divisa de gran valor en el estraperlo. ¿Por qué iban los SS a entregar tan valiosa mercancía a unos prisioneros que de todos modos estaban destinados a ser gaseados? Es verdad que los Reichmann conservan en su poder cientos de recibos firmados por los reclusos destinatarios, pero ¿no podrían haber sido obligados a firmar? Se sabe que los SS tenían interés en hacer creer al mundo que los judíos eran bien tratados. Especialmente Auschwitz, el principal destino de los envíos de Renée Reichmann junto con Theresienstadt, era conocido tanto por la corrupción de sus guardianes como por denegar sistemáticamente la entrega de paquetes a judíos y prisioneros soviéticos.

Estremece la posibilidad de que una iniciativa tan loable tal vez sólo haya contribuido a enriquecer a los guardianes de campo y a incrementar aún más la frustración de sus legítimos destinatarios. Un día, mientras Renée Reichman preparaba como siempre sus paquetes en Tánger, se le acercó un joven sefardita y le preguntó: "¿Para qué hacemos esto? ¿Realmente piensa que los alemanes permitirán comer a los judíos?" Su respuesta fue: "Si sólo uno de todos estos judíos llega a comer chocolate, me doy por satisfecha". Ojalá haya sido así.

lunes, 5 de octubre de 2009

Hitler y Blancanieves


Se preguntarán qué tienen que ver dos términos tan dispares como Hitler y Blancanieves. Pero hay algunos personajes fagocitadores con los que todo es relacionable de una manera intelectualmente productiva, y Hitler, me temo, es uno de ellos. (Otro, de muy distinto calado, sería Goethe).

Hace aproximadamente un año, en el reverso de un cuadro con un paisaje bávaro, el director de un museo noruego sobre la Segunda Guerra Mundial encontró estos dibujos fechados en 1940:


Estos inconfundibles dibujos "à la Walt Disney" no tienen nada de especial, dado el gran éxito que su película Blancanieves había tenido apenas tres años antes (su Pinocchio, que también aparece en el dibujo, se estrenó en 1940). La peculiaridad de los dibujos reside exclusivamente en lo insólito de su autoría, atribuida nada menos que al mismísimo Adolf Hitler, quien también habría pintado y firmado el paisaje del anverso.

De ser cierto, ¿a qué viene que Hitler se dedicara en plena guerra a colorear enanitos? Tanto más teniendo en cuenta que la Blancanieves de Disney jamás llegó a estrenarse en la Alemania nazi. La única motivación plausible para estos dibujos debió de ser la copia privada de la película con la que el dictador consiguió hacerse en 1938 y que visionó en su residencia alpina de Obersalzberg. Su veredicto: "la mejor película jamás realizada". No en vano Leni Riefenstahl, que fue amablemente recibida por Walt Disney durante su visita a Estados Unidos, le atribuyó al cineasta americano una "forma de sentir alemana". Al fin y al cabo, el cuento de Blancanieves en el que Disney basó su película era la estrella de la recopilación de cuentos populares alemanes de los hermanos Grimm. Por no hablar de las innegables influencias germánicas de Fantasía (1940), en la que Mickey Mouse encarna el popular aprendiz de brujo de Goethe.

Los estudios Disney habían intentado contratar la distribución en Alemania de Blancanieves, el primer largometraje animado del cine americano, en 1938. Sin embargo, y aunque el Ministerio de Propaganga nazi había autorizado su adquisición, por aquellas fechas había cada vez más voces críticas con la presencia supuestamente excesiva del cine estadounidense en las pantallas alemanas. Según afirma aquí la investigadora Esther Leslie, dado que la película ya había sido adquirida y doblada al alemán, el Ministerio de Propaganda intentó contrarrestar la actitud anti-Disney de las fracciones más extremistas del Tercer Reich publicando una biografía destinada a desamericanizarlo. Esta falsa biografía habría originado el bulo según el cual Walt Disney se llamaría en realidad José Guirao Zamora y habría nacido en Mojácar (Almería) antes de que sus padres emigraran a América y fuera adoptado bajo el nombre por el que todos lo conocemos. A pesar de estos esfuerzos propagandísticos, en 1939 fracasaron definitivamente las negociaciones destinadas a facilitar el estreno de Blancanieves en el Tercer Reich. En parte debido al impacto de la llamada Noche de los cristales rotos, la liga Anti-nazi y la unión de productores conematográficos americanas ejercieron suficiente presión sobre los estudios Disney para romper el acuerdo.

Una vez perdida toda esperanza de distraer a los atribulados alemanes en guerra con el producto estrella de la casa Disney, Goebbels encargó al cineasta Hubert Schonger la realización de una Blancanieves fílmica genuinamente alemana. Obviamente, por esas fechas la industria cinematográfica nacional no estaba en situación de afrontar un largometraje animado, por lo que se optó por una película con actores de carne y hueso, incluyendo a siete enanos "de verdad". Vean algunos fotogramas:



¿Reconocen la influencia Disney en el traje de la madrastra, entre otros detalles? Curiosamente, verán que el palacio de los padres de Blancanieves es nada menos que el castillo bávaro de Neuschwanstein, el mismo que más adelante, en los años cincuenta, reproduciría Walt Disney en Disneylandia. ¿Casualidad, predilección por el kitsch o parte de su "forma de sentir alemana"?Dina Babbit

Sin embargo, esta curiosa nota sobre Hitler y Blancanieves no debe terminar aquí. Hace unas semanas, El País publicaba un obituario dedicado a Dina Babbit, una ilustradora y pintora judía checa superviviente de Auschwitz. Cuando Dina llegó al campo en 1943 uno de los prisioneros le pidió que decorara el barracón infantil para entretener a los niños. ¿Adivinan qué motivo escogió? Efectivamente, escenas de Blancanieves y los siete enanitos de Disney, que según parece pintó de memoria. Estos dibujos llamaron la atención del siniestro doctor Mengele, quien le obligó a retratar a los reclusos gitanos, dado que las fotografías realizadas en el campo no dejaban suficientemente claros los rasgos de "inferioridad racial" de los condenados. Un encargo terrible al que Dina Babbit, no obstante, debió su supervivencia.

Hasta cierto punto, por tanto, Dina Babbit sobrevivió gracias a Blancanieves. Tal vez siempre lo tuvo en cuenta, ya que, años después, acabaría casándose con Art Babbit, uno de los animadores que había trabajado en la película a las órdenes de Walt Disney.