miércoles, 27 de enero de 2010

El monito de Mendelssohn


¿Qué les parece este monito de porcelana? Lo tenía visiblemente expuesto en una repisa de su salón la hermana del compositor Felix Mendelssohn:


Fanny Lewald
Bastante feo, ¿verdad? Así se lo pareció también a la escritora judío-alemana Fanny Lewald cuando fue a visitar a la hermana del compositor, según cuenta en su autobiografía. Le sorprendió tanto más cuanto que la casa de su anfitriona estaba decorada con exquisita elegancia, así que no pudo contenerse y le preguntó por qué exhibía en su casa un objeto tan desagradable.

--¡Oh! --respondió--, no son objetos de decoración, sino figuras heredadas y documentos históricos. En la época en la que mi abuelo Moses Mendelssohn se instaló aquí en Berlín, todo judío que contrajera matrimonio debía adquirir una cantidad determinada de porcelana de la manufactura real, una institución que Federico el Grande se había empeñado en promocionar costara lo que costara. Pero no contento con esta pretensión, ya de por sí muy dura, los judíos ni siquiera podían escoger lo que compraban, sino que eran obligados a aceptar lo que les asignara la dirección de la fábrica. De este modo también mis abuelos obtuvieron todo un grupo de monos que después legaron a sus hijos a modo de recuerdo.


Y así fue cómo la fealdad personificada, bajo la forma de veinte monitos, pasó a colarse precisamente en el hogar de uno de los hombres más exquisitos e inteligentes que nos ha dado Europa, el gran filósofo ilustrado Moses Mendelssohn.

Estos monos eran especímenes peculiares de lo que se ha dado en llamar Judenporzellan o "porcelana de los judíos", una especie de impuesto que en virtud de un decreto de 1El cetro azul, emblema de la KPM769 los hebreos de Berlín tenían que pagar por ley siempre que necesitaban un certificado oficial, ya sea de matrimonio, de defunción o para fundar un negocio. Se trataba de adquirir porcelana por un valor de entre 300 y 500 táleros, lo que por entonces equivalía al salario de varios años de un operario medio. Así llegaron a producirse unas 1400 ventas forzosas por un valor de 280.000 táleros. Con esta singular medida, sin parangón en otros Estados, Federico el Grande pretendía impulsar su juguete particular, la Real Manufactura de Porcelana (KPM) que él había fundado y cuya marca de fábrica era precisamente un cetro real en color "azul de Prusia". Se trataba de derrotar a su gran competidor, la prestigiosa porcelana sajona de Meissen, cuyo emblema son dos espadas cruzadas.

Sin embargo, la medida adoptada resultó contraproducente a medio y a largo plazo. Como era de esperar, los nuevos propietarios forzosos de esta porcelana que, como en el caso de Mendelssohn, solían quedarse con las piezas de peor calidad, se deshacían de ella revendiéndola con grandes pérdidas en los mercados europeos, lo cual terminó provocando su devaluación y un grave daño a su prestigio. En consecuencia, en 1787 se puso fin a esta medida insensata y discriminadora.

En 1981 se realizó una exposición en Berlín bajo el lema "Prusia: un balance". El historiador judío Walter Grab pensó que, precisamente para cuadrar ese balance, sería buena idea que entre los artículos exhibidos figurara también el monito de Mendelssohn. En sus memorias cuenta la reacción del comisario de la exposición:

¡Pero mi querido Grab! ¡No puede usted esperar en serio que en nuestra exposición mostremos este espantoso y malogrado producto de desecho de la Manufactura de Porcelana de Berlín! De ninguna manera, no vamos a afear con eso nuestra bonita exposición.

Finalmente se llegó a una especie de acuerdo intermedio. Se exhibió un monito de porcelana del Museo berlinés de los Hohenzollern. Pero irónicamente no procedía de la Manufactura Real prusiana, sino de Meissen. La gran empresa rival había logrado imponerse, después de todo.

viernes, 15 de enero de 2010

El Soneto 66 de Shakespeare durante el nazismo


William ShakespeareEn la Segunda Guerra Mundial, Lili Marleen fue una canción mágica y consoladora a la que hace unos años dediqué un libro. Entretanto he averiguado que, sin yo saberlo, mi canción tenía un prestigioso hermano mayor al que el escritor Ulrich Erckenbrecht ha llamado "la Lili Marleen de los intelectuales". Me refiero al Soneto 66 de William Shakespeare, el que empieza con "tired with all these, for restful death I cry". ¿Lo recuerdan? Aquí lo tienen en una versión de Ramón García González (el original inglés aquí):

De todo esto cansado, pido el mortal descanso,
al ver nacer mendigo aquel de mayor mérito,
y la enclenque torpeza, ornada alegremente,
Primera edición de los Sonetos
y la fe más sincera, vilmente traicionada
y el honor refulgente, donado innoblemente,
y la casta virtud, forzada a ser buscona,
y recta perfección, afrentada con saña,
y fuerza mutilada, por el poder corrupto
y el arte amordazado, con toda autoridad,
y la docta locura, oprimir al talento,
y la honradez sencilla, mal llamada simpleza,

y al Bien que cautivado, sirve al Mal, su Señor.

Cansado de estas cosas, quiero dejar el mundo,
salvo que por morir, dejo solo a mi amor.
Shakespeare lo escribió harto de las restricciones que el puritanismo inglés imponía a su libertad creativa, pero no hace falta cavilar mucho para ver hasta qué punto esta denuncia era igualmente aplicable a los regímenes totalitarios del siglo XX, en los que "el Bien, cautivado, sirve al Mal, su Señor".

El primero eLion Feuchtwangern llamar la atención sobre este soneto y su adaptabilidad a las circunstancias del Tercer Reich fue el gran autor judío-alemán de novelas históricas Lion Feuchtwanger. De su extensa producción en España se conocen sobre todo --¿por qué será?-- las novelas Goya y La judía de Toledo. Sin embargo, ente 1927 y 1939 dedicó una extraordinaria trilogía novelística titulada La sala de espera (Der Wartesaal) al ascenso del nazismo. En el tercer volumen, Exil, recrea la existencia en el exilio francés de un poeta imaginario llamado Harry Meisel, que vive obsesionado con el Soneto 66 de Shakespeare. Inspirado por él, Meisel se propone escribir trece cínicos relatos, uno por cada verso acusador del poema. La acción de todos ellos transcurriría en la Alemania de Hitler e ilustraría el sentido profético de cada uno de los versos... aunque saltándose el último de todos, el de la esperanza, el que invita a seguir viviendo a fin de no dejar sola a la persona amada. Meisel decide eliminarlo, convencido de que en un mundo en el que impera el nazismo ya no queda amor que justifique agarrarse a la vida. Así, "de todo esto cansado", el Meisel de la novela se muestra consecuente y pone un fin voluntario a su existencia.
Hanns Eisler
A partir de la novela de Feuchtwanger, el Soneto 66 pasó a convertirse en un lamento simbólico de los intelectuales afectados por el nazismo y dispersos en una diáspora forzosa. En 1939 el compositor alemán Hanns Eisler, por ejemplo, le pondría música dodecafónica en su exilio americano mientras asiste impotente al estallido de la guerra. Significativamente, también él opta por eliminar el último verso.

Sin embargo, es en la existencia del poema en sí donde, de haberla, reside la esperanza: en Shakespeare y en la posibilidad misma de que existan autores que creen obras inmortales capaces de comunicarse con los hombres del futuro. Así es como lo formula Feuchtwanger tras hacer morir a su personaje de ficción:
Pero entonces, ¿[Harry Meisel] se ha hundido? ¡Pero si aún queda el Soneto 66...! El Soneto 66 constituye el sentido de la vida de Harry, es la resistencia del individuo contra la irrupción de la Nada, es el "aun así". El cuchillo de Strizzi habrá destruido el cuerpo de Harry, pero no ha podido causarle ningún daño al Soneto 66. Ese soneto seguirá viviendo cuando a nadie le importen ya todos esos que hoy tan altamente vociferan.
Y así es. Este soneto sigue tan vivo y es tan actual que aún hoy podemos seguir emocionándonos con él, resistiéndonos tenazmente a la irrupción de la Nada, aunque sólo sea en memoria de los exiliados alemanes que vivieron la Cultura como su principal forma de resistencia.

Y para que vean hasta qué punto es así, vean la estupenda interpretación que de él hizo hace unos años el Berliner Ensemble bajo la dirección de Robert Wilson y con la música que el joven Rufus Wainwright compuso en homenaje a otro gran exiliado alemán, Kurt Weill:

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