jueves, 5 de enero de 2012

Los Reyes Magos contra el árbol de Navidad


En la noche de Reyes de 1939 los niños españoles tenían poco que celebrar. La guerra aún no había terminado y para muchos fueron tiempos de hambre y de miedo. Incluso era probable que aquel año los Reyes pasaran de largo, aunque los niños se hubieran portado bien y hubieran dejado pan y agua para los camellos en el balcón. Para aliviar semejante injusticia, en Logroño la emisora de Radio Rioja y ciertas organizaciones juveniles decidieron hacer un llamamiento para que quienes pudieran fueran a dejarles juguetes para los niños pobres. Es probable que la Iglesia participara de la iniciativa, ya que se aprovechó el anuncio de la convocatoria para elogiar los belenes y los Reyes Magos y criticar la poco cristiana costumbre alemana, aún poco establecida en España, de decorar abetos por Navidad.

Si piensan que los tiempos no estaban para tonterías y que una guerra de símbolos como ésta sería ignorada por los diplomáticos alemanes establecidos en España, se equivocan. Tras ver el anuncio, un diplomático alemán al que ya me había referido en este blog, Erich Heberlein, se dirigió el 7 de enero de 1939 por carta desde San Sebastián al cuerpo diplomático alemán de Salamanca: Era preciso informar cuanto antes al Departamento de Prensa y Propaganda. Esa clase de comentarios, además de generar una pésima impresión, constituirían una ofensa al honor del árbol de Navidad alemán.

En el archivo no se conserva la respuesta, así que no sé qué pensaron de la carta de Heberlein en la embajada de Salamanca. Puede que lo tomaran por tonto e ignoraran el asunto. De todos modos, la carta nos permite deducir que las Navidades y el nazismo estaban lejos de ser dos fenómenos incompatibles. Todo lo contrario. Los alemanes incluso se enviaban elocuentes felicitaciones navideñas como ésta:


Antes de que el cristianismo trajera la Navidad al Norte de Europa, los pueblos germánicos ya celebraban el solsticio de invierno. Se cree que lo llamaban fiesta de Jul, o Julfest. A eso se acogieron los nazis cuando se propusieron, con bastante éxito, repaganizar la Navidad. Se trataba simplemente de recuperar lo que creían que era su significado primitivo: una celebración de la luz.


Para este fin, Himmler hizo fabricar en la manufactura de porcelana de Allach unos curiosos candelabros huecos y perforados que regalaba por estas fechas a los miembros de las SS. Los prisioneros de los campos de concentración de Dachau y de Neuengamme contribuyeron involuntariamente a produMarca de la manufactura de Allachcirlos a gran escala. Incluso se inventó el ritual correspondiente, que no deja de tener su gracia: Poco antes del 21 de diciembre, fecha del solsticio, había que poner dentro del candelabro el cabo de vela de las navidades anteriores, que el ama de casa debía conservar como algo sagrado durante todo el año. Una vez encendido, la luz proyectaba los símbolos del candelabro sobre la mesa y quedaba bastante curioso. En la parte superior del artefacto se encendía una vela nueva, cuyo cabo había que guardar otra vez para volver a encenderlo al año siguiente. Así fue como celebraron las Navidades miles de familias de los SS.

Como ven aquí, los candelabros en cuestión eran bastante feúchos. Ah, y no piensen que el corazón era un mensaje de amor: Pretendía representar la pulsión vital de la sangre aria.


En cuanto al abeto, ya contaba con una larga tradición simbólica perfectamente reaprovechable. Al ser un árbol que no pierde las hojas en invierno siempre había representado la fuerza vital y la fertilidad. Eso sí, había que cambiar un poco el diseño de las bolas:


Visto todo lo anterior, es una suerte que sigan viniendo los Reyes Magos.