martes, 1 de mayo de 2012

La maldición de Josef Wirtz


Nunca sé qué hacer con esas pequeñas joyas que voy encontrando en los archivos europeos. No son hallazgos dignos de figurar en la Historia, en mayúsculas, porque el espíritu que evocan no es el del historiador, sino el del novelista. Cuando sostengo en las manos esos papeles viejos y veo el trazo de quien los firmó, se le imponen a mi imaginación dramas y comedias todavía por escribir y les atribuyo rostros a los nombres que el tiempo se ha llevado para siempre. ¿Qué me dicen, por ejemplo, de la maleta que unos pescadores encontraron en diciembre de 1940 en el fondo del puerto de Barcelona? Su contenido constituía un verdadero tesoro para aquellos años de miseria: 

Contenido de la maleta encontrada en el fondo del mar (diciembre 1940)

Pasé semanas intentando imaginar la historia que habría detrás de aquella maleta. ¿La torpeza de un judío fugitivo tratando de embarcar hacia la libertad? ¿Un intento fallido de robo? ¿Un criminal deshaciéndose de pruebas comprometedoras? ¿Un intento de suicidio? Nunca lo sabremos, pero nada nos impide imaginárnoslo.

Pero hoy no quería hablarles de ninguna maleta extraviada, sino de uno de los documentos más insólitos que he visto jamás en un archivo. Procede de Josef Wirtz, un alemán que en 1928 decidió instalarse en Barcelona (calle Casanova, 210) por motivos que desconozco.

Josef Wirtz en 1928Posiblemente simpatizara con el nazismo, pues al estallar la Guerra Civil el consulado alemán decidió, según reza su salvoconducto, ponerlo oficialmente a cargo "de los asuntos relacionados con el alojamiento de súbditos alemanes que llegan de otras poblaciones a Barcelona y para el embarque de dichos súbditos a bordo de los vapores destinados para el transporte de los mismos". Es decir que a Wirtz le tocaba organizar, en la medida de lo posible, la desbandada general de sus compatriotas. Muchos de ellos pertenecían a la burguesía o eran filonazis, por lo que tenían motivos para temer las agresiones anarquistas. En una carta a su hermana Helene del 16 de agosto de 1936 Wirtz describe así la situación:
Lo que está pasando últimamente en España y lo que pasa todavía es tan horrible que no se puede describir. Nunca pensé que los españoles podrían mostrarse como lo han hecho. Que en Barcelona no se ha salvado ni una iglesia seguramente ya lo sabrás por los periódicos. No pueden celebrarse servicios religiosos. Donde están los rojos España ya no tiene religión. Lo mismo le pasa a la economía, parada por completo. España necesitará años para recuperarse de esta lucha. La mayoría de los alemanes, como los extranjeros en general, han abandonado España. De tus conocidos sólo se han quedado el señor y la señora Kull, debido a que la señora Kull está a punto de dar a luz. Sus hijos y su hermana se han ido ya. La emigración durará todavía unos meses más, pues sigue llegando gente de la provincia. Casi todas las empresas alemanas, incluso las muy grandes como Siemens, han hecho volver a todos sus empleados. Si los días que han trascurrido hasta ahora ya han sido terribles, los que vendrán serán todavía peor.
Está claro que el señor Wirtz tenía miedo. Tanto que por estas mismas fechas se decidió a improvisar un testamento, compuesto de dos cartas que dejó en manos de su amigo argentino Kristian Westbye: una dirigida a su hermana, en la que le legaba las pocas propiedades de que disponía, y otra a una mujer llamada Helene Nymoen. Esta última carta es el documento al que me refería más arriba. Juzguen ustedes mismos:
A la hembra nacida bajo el nombre de Helene Nymoen, de Lillehammer:
Presagiando que se aproxima la última hora de mi vida terrenal, renuevo con la presente la maldición que ya lancé en su día sobre la infame mujer que, bajo la evocación de las más sagradas leyes de fidelidad, había jurado ser mi esposa y no cumplió su juramento.
Renuevo la maldición para que ésta se active más allá de mi tumba y reclame su castigo. Con la misma sinceridad, efusión y ardor con los que amé en su día a esta mujer, quiero enviarle ahora la maldición que la aniquilará a ella y a todos los culpables.
Maldita sea la mujer infiel que me engañó, maldito sea el vientre que la parió y que la arrebató a mi amor verdadero, maldito sea el hombre que me la quitó reforzando su femenina imperfección, maldita sea su camada para siempre y malditos sean todos los que se mancharon las manos con su infidelidad.
Dejo la maldición aquí en la tierra para que mi espíritu pueda vigilarla desde el más allá hasta que se vea cumplida.
Si alguien llegara a tener esta carta en las manos y no se la transmitiera a la persona a la que está destinada, que también a él le afecte mi maldición.
¡Mi maldición tiene poder y se convertirá en castigo!
Escrito por aquél que en vida llevó por nombre J. G. Wirtz.
Podemos congratularnos de que la señora Nymoen, por infame que fuera su deshonestidad, no llegara nunca a tener esta carta en las manos. Si a mí me temblaron las mías al leerla y tocar la firma del maldiciente, ¿cómo se habría sentido ella?


Lo más probable es que el señor Wirtz, simplemente, sobreviviera a la debacle de Barcelona. El hecho de que esta carta preñada de odio se hallara en el archivo así lo sugiere. Dos años después alguien de su mismo nombre sobrevoló la ciudad con la Legión Cóndor. Puede que su resentimiento lo empujara a lanzar bombas como antes lanzara maldiciones. 

O puede que el tipo de la Legión Cóndor no fuera él y la historia tuviera otro final muy distinto. Quién sabe. Simplemente, imagínenselo. Sólo la imaginación puede llenar los huecos que deja la Historia. Aunque nos pese.